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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Entre la Parca y la pared- Taller de escritura- Be Literature #1

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Inspiraciones:


Entre la Parca y la pared

Siempre entre la vida y la muerte, siempre entre el cielo y el infierno, siempre mostrando el camino. Soy la que acabo con las luchas por la supervivencia, la que se lleva tanto a los que han perdido la batalla como a los que querían ganarla, porque la victoria no les pertenece a ellos. Soy el árbitro que decide cuándo ha terminado el partido y cuándo hay prórroga. Soy la única que imparte verdadera justicia. Y aún así, estoy en la más absoluta oscuridad.

Un nuevo nombre apareció en la lista. Sé que en el momento en que me acerqué a ti me viste, supiste que estaba ahí. A tus familiares les recorrió un escalofrío, un mal augurio. Observé como apretaron más fuerte tu mano, como contemplaron tu rostro, como acariciaron tus cabellos brillantes y yo les prometí que te mostraría el camino, no es ningún consuelo, lo sé, pero es lo único que puedo ofrecer.

Solo fue un momento, pero cuando me tendiste la mano de forma resignada, un pitido constante sonó en la habitación. Y yo no me quedé allí, ya había contemplado esa situación miles de veces, solo tus ojos miraron atrás, como muchos habían hecho antes. Supongo que lo siento, como tantas otras veces que he hecho esto, pero es mi deber.

Las puertas del cielo se abrieron ante tu llegada, tenías suerte, el Paraíso te esperaba. Te animé a caminar hacia delante, asintiendo con la cabeza, y con una sonrisa en mis descarnados labios, lo que quizás compondría una mueca macabra, pero por suerte, la capucha no te permitía ver nada de mí.

Un brillante ángel se presentó, su mano tendida gentilmente hacia ti. Aceptaste gustosa la invitación. Antes de que las puertas se cerraran, el alado me dirigió una mirada de advertencia, como todas las otras veces, me recordaba que no podía dar un paso más, que no tenía permitido entrar. No hasta que todo mi trabajo estuviera hecho.
Me di la vuelta, alejando mi vista de la promesa que no sabía si algún día sería capaz de alcanzar, y extendí la mano por entre la capa negra para materializar un viejo pergamino, dos nombres más se habían inscrito en él.

Me marché de allí, mientras volvía a esconder las esqueléticas manos dentro de la túnica. Tenía trabajo que hacer.

lunes, 26 de agosto de 2013

Cuando llegue el momento.

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Habrá un momento en el que me abrazaré a la foto en la que aparecen mis mejores amigos, un momento en el que solo mirando la imagen recuerde cada segundo, cada risa, cada palabra dicha en voz alta, incluso los pensamientos que brillaban en sus ojos. Habrá un momento en el que pasaré la yema de mi dedo por el frío cristal, y aún así, sentiré el calor en mi interior. Habrá un momento en el que con cuidado abriré la carcasa del marco, dejando que mis dedos se encuentren directamente con nuestros rostros sonrientes. Y sé, que en ese momento, voces se colarán en mi cabeza:
— ¡Eh! ¿Quién te crees que eres? Deja de acaparar la cámara
— ¡Enana! Para de comer, estamos haciendo la foto
— ¡Esperadme!
— Esta noche podremos ver las estrellas
— ¡Bah! Si quisiera ver las estrellas me miraría en el espejo
— ¡Sonreír! El temporizador ya está puesto
— ¿Y qué gracia tiene acampar si no te gusta el campo?
— Vosotros me habéis traído a este nido de bichos
— ¡Decid patata!
— Nunca he entendido porqué patata, siempre terminas con cara de idiota
— Podemos decir cheese
— Y a ti te pareció buena idea
— Porque todos dijisteis que sí. Asco de presión de grupo
— ¡No! De cheese nada, aquí patata
— ¡Oh! ¡Venga! No puedes salir comiéndote un bollo. Esta foto pasará a la posteridad.
— Mucho mejor, así nunca se me olvidará de qué marca y tipo son mis favoritos.
— ¡Parad y sonreír o mañana os levantaré con cazos de agua!

Un grito, una petición, un comentario, una respuesta sarcástica, otra irónica, una risa… Una foto juntos, un pasado en común. Un futuro condicionado por la persona que eres, y que tus amigos te ayudaron a formar. Un “¡Eh! ¿Qué tal estás?” cuando vayamos por la carretera, y un “No me puedo creer que ya hayamos llegado” cuando se acerque el final del viaje. Una despedida de amigos que uno a uno se van marchado. Una sonrisa que permanece imperecedera en cada mente.
La lágrima que de felicidad resbala por mi mejilla, el pitido repetitivo de la máquina que mantiene una vida, la mente cargada de recuerdos como si hubiera vivido más de una vez, la paz, resignación y aceptación, presentes en cada rincón de la habitación.

Y entonces una risa, una palabra amable, unos rostros jóvenes. Y una promesa, la última promesa, es en aquel momento cumplida “Cuando te canses de vivir vendremos a recogerte”

En mis labios se formó una sonrisa, la sonrisa de haber sido tocado por ángeles.

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miércoles, 21 de agosto de 2013

Música para las bestias.

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"Όταν θέλουμε κάτι που δεν σταματούν να καταστρέψει."

(Cuando queremos algo no paramos hasta destruirlo.)


Sola. Sola en este triste lugar, donde la luz del Sol no llega, donde mis únicos compañeros son monstruos y bestias y donde mi marido me tiene confinada. Así pasarán mis días, junto a un hombre que me ama por capricho, pero al que he llegado a coger cierto cariño. Es verdad que Hades se preocupa por agasajarme como a la reina que ve en mí, pero no se da cuenta de que mi lugar no está en el inframundo, que yo pertenezco a la tierra y a la vida, como mi madre, y que aquí solo hay muerte y almas perdidas. Pero aun así me resigno, porque ¿qué otra cosa puedo hacer? Ahora reino en el infierno, junto a él y eso es algo por lo que tengo que estar agradecida, ¿no?

Hades puede parecer un dios frío, un ser oscuro y terrible cuyos dominios son tan hostiles como él mismo. Pero si algo he podido observar en los largos años que llevo junto a él es que hasta el dios de los muertos está vivo, siente tanto, o incluso más, que el propio Apolo. Aunque no lo parezca su corazón late. He tardado mucho en darme cuenta de esto, quizá porque al principio solo sentía odio hacía él por haberme separado de mi madre, del mundo exterior y de todo lo que quería. Fue entonces cuando amé a otros hombres, cuando los deseaba por pura lascivia y sed de venganza, cuando luché por Adonis y humillé a Afrodita y sobre todo cuando conocí a Orfeo.

 ¡Oh Orfeo! Aun hoy, en el frío lecho junto a mi esposo, me acuerdo de ti. Recuerdo tu tez blanquecina como de mármol, tus fuertes brazos, tu torso ancho y fornido, tus ojos azules como el mar de Posidón…pero sobre todo, lo que todavía me hace suspirar, es el recuerdo de esa música que me cautivó y que me hizo amarte. Las notas profundas que sacabas de esa lira que era como una extensión de tu propio cuerpo, inundando los salones de este palacio siempre vacío, siempre frío.

Recuerdo que cuando te presentaste ante nosotros nos dejaste sorprendidos porque habías conseguido dormir a nuestro can Cerbero, algo que nadie había logrado antes. En cuanto te vi, en medio de la sala del trono tan pequeño e indefenso mirando, nervioso, hacía donde nos sentábamos Hades y yo, me vino el olor de la tierra y el rumor del agua. ¡Venías del exterior! De aquél lugar que había dejado atrás y que añoraba profundamente. No pude hacer otra cosa que fijarme de una manera especial en ti, dando paso a los primeros síntomas del amor.

Era obvio que algo querías, por algún motivo habías cruzado junto a Caronte la laguna Estigia y te habías presentado ante nosotros corriendo tantos peligros. Yo creía que mi esposo iba a echarte de allí ofendido por la presencia de un mortal en su reino, pero Hades, tan sorprendido como yo, te instó a hablar; algo que ahora hubiera preferido que nunca ocurriera. Entonces nos contaste tu historia. Venías a buscar a tu amada Eurídice que había muerto por la picadura de una serpiente. Nos rogaste que te la devolviéramos, que no sabías vivir sin ella. Tu rostro, compungido y sincero, nos ablandó el corazón, aún así no cedimos. Hades no pensaba incumplir sus propias normas y devolver un alma a la vida y yo… yo odiaba a Eurídice. Si, en cuanto la nombraste y le diste la categoría de tu amada unos celos infundados y absurdos me invadieron. ¿Qué tenía Eurídice que no tuviera yo? ¡Yo, Perséfone, hija de Démeter! Yo debía ser tu amada, no ella. Y por un momento me alegré de que hubiera muerto.

Pensamientos crueles, ahora me doy cuenta. Pero ¿qué esperabas? Estaba recluida en el infierno, secuestrada por el hombre que me amaba y al que yo, en ese momento, odiaba. Verte fue un soplo de aire fresco que inundó mis pulmones llenos de ceniza. Además eras la venganza perfecta, tú que rechazabas a todas las ninfas que se enamoraban de ti. Imagínate que cara hubiera puesto Hades si le hubiésemos confesado nuestro amor furtivo. Habría pagado por verla… ¡Pero tenía que entrometerse esa a la que decías que amabas! Todas mis cábalas destruidas en cuanto pronunciaste su nombre.

Por eso nos mostramos tan duros contigo, por eso te ordenamos que salieses cuanto antes de allí si no querías quedarte para siempre. Te llamamos cobarde por ir a buscar a tu esposa estando vivo y no haberte atrevido a morir por ella, como hizo Alcestis que cambió el destino de su amado Admeto muriendo en su lugar. Pero tú aguantaste todos estos envites e hiciste algo sorprendente, algo que nos dejó callados sin opción a réplica. Te sentaste en el vasto suelo de mármol negro y comenzaste a tocar tu lira. Era evidente que no pensabas moverte de allí  hasta que accediéramos a devolverte a Eurídice y mientras, la dulce música lo envolvía todo. De pronto la luz solar pareció penetrar en el palacio, cosa imposible ya que estábamos a muchos metros bajo tierra. Un viento suave y fresco, cargado con el perfume de las flores que mi madre hacía florecer en primavera, se coló por todos los resquicios. La melodía era embriagadora, nos llenaba por dentro limpiando nuestras almas inmortales y entonces entendimos porqué Jasón te necesitó en su expedición para acallar el canto de las sirenas. Entendimos porqué las ninfas te adoraban y porqué Apolo te envidiaba. Todo brillaba y refulgía y entonces, cuando ya no podíamos contener las lágrimas, dejaste de tocar. La magia se rompió y la oscuridad retornó a su lugar.

Hades se levantó y se acercó a ti, a su lado parecías un joven cervatillo muerto de miedo, y te dijo que podías recuperar a tu amada.  Tus rasgos compusieron una mueca de increíble felicidad y fue en ese momento cuando mi ira estaba en su punto más álgido. No podía permitir, después de lo que había escuchado, dejar que Eurídice volviera contigo como si tal cosa, aunque no pudiera revocar la decisión de mi esposo. Recuerdo, con mucho pesar, que alcé la voz y te maldije poniéndote una condición cruel e inhumana para volver con tu amada. Te dije que ella volvería contigo, pero que en el trayecto de regreso al mundo de los mortales iríais uno detrás del otro y tú siempre delante. Si en algún momento volvías la cabeza para mirarla, aunque solo fuera un segundo, Eurídice desaparecería y no la volverías a ver.
Nunca me he arrepentido tanto de mi crueldad, todavía hoy no comprendo por qué lo hice si te amaba.

Te vimos partir, delante, siempre delante, sin girarte ni una vez. Eurídice iba detrás, pero tu curiosidad, o tú preocupación por saber si ella realmente estaba ahí y se encontraba bien, hicieron que te dieras la vuelta cuando ya casi lo habíais logrado. Como predije tu amada desapareció y retornó al mundo de los muertos y tú te quedaste destrozado, tanto esfuerzo para nada. Tanto sudor derramado en vano, tantas lágrimas… Y entonces, esta vez sí, decidiste volver con nosotros como lo hacen todas las almas, muriendo.


Lo siento Orfeo, no sé si algún día podrás perdonarme, pero es necesario que sepas que ahora, cuando me asomo a la ventana y os veo a Eurídice y a ti flotando en el Elíseo, solo pienso en que por fin seréis felices eternamente.

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