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martes, 1 de septiembre de 2015

Memoria -Últimos días- (#ProyectoParaDos)

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[Estos son los últimos días del relato titulado Memoria que he escrito junto con Juls García. Ha sido una experiencia increíble trabajar con ella, y espero que lo disfrutéis tanto como lo hemos hecho nosotros.
Para leer los primeros días de esta historia id al blog de Julia: Explosiones en la cabeza.]


19 de noviembre.
No sé bien cómo narrar los sucesos ocurridos hoy ni cuánto tiempo ha pasado desde que he llegado a mi habitación. Ni siquiera sé cuántos minutos llevo sosteniendo la pluma a milímetros del papel, pensando sin cesar en las palabras adecuadas, aquellas que mejor describan lo que siento, lo que ha pasado entre estos muros que ahora me parecen tan diferentes. Es el mismo lugar que me intrigaba, son los mismos pasillos interminables, las mismas salas desiertas con los mismos muebles, las mismas obras de arte insulsas y aterradoras, hasta el aire tiene que ser el mismo que respiré el primer día. Aun así todo ha cambiado, nada se percibe de la misma forma. He viajado a una realidad paralela que trata de engañarme, intentando hacerme creer que todo sigue igual. Pero después de lo que ha sucedido esta mañana no puedo fingir que nada ha cambiado.

Las horas de la tarde han pasado como si no hubieran existido, y me han trasladado hasta ahora como si el tiempo hubiera dado un salto desde que, bebiendo un trago de vino en el comedor principal a la hora de comer, me ha parecido ver una figura a través del cristal de la copa. He pensado, en principio, que se trataba de la mujer del otro día, pero al dejar la copa sobre la mesa, he descubierto a alguien… o algo totalmente distinto.

Un hombre de aspecto joven se apoyaba en la mesa. La palma de la mano izquierda extendida sobre la madera oscura, en la mano derecha un objeto. Lo que en un principio deduje como algo inerte hizo un pequeño movimiento, se agitaba levemente en el puño del hombre. No me hicieron falta más segundos para darme cuenta de que se trataba de un pájaro, un jilguero probablemente. Él lo miraba con pasividad, casi sin prestarle atención. He podido apreciar los músculos del hombre tensándose bajo su piel cuando el jilguero intentaba zafarse. Finalmente, ha roto su cuello. Ha sido tan inesperado que me he atragantado. ¿Qué sentido tenía mostrarme esa imagen?

-Es muy sencillo morir - ha dicho con voz tranquila, abriendo la mano. El animal parecía casi dormido, pero sus ojos carecían del brillo de la vida, igual que los orbes oscuros del hombre cuando me ha mirado, dejando caer el cadáver del pájaro al suelo, y ha dicho - Por favor, sígueme.

Me he levantado como un autómata. Mis músculos no obedecían a ningún estímulo cerebral, actuaban impulsados por algo muy diferente, algo que ya no me pertenecía. Mi cuerpo entero ha obedecido a su petición. Me he sentido desde fuera siguiendo a aquel personaje por la casa, fija mi mirada en su espalda. Me daba la sensación de estar caminando solo, aunque tuviera la vista clavada en su camisa blanca y supiera con certeza que, de alargar el brazo, podría tocarle sin problemas. Era como si su presencia fuera imperceptible, como si careciera de algo vital que nos hace reconocer y sentir a otros incluso sin verlos.

Finalmente, hemos llegado a una puerta cerrada que ha abierto él con una llave que colgaba de su cuello. Le seguí por unas oscuras y angostas escaleras de escalones desgastados, con la piedra hundida allí donde otros pies, lejanos en el tiempo, subieron y bajaron numerosas veces, como ahora lo hacíamos nosotros  - ¿cuánto tiempo lleva construido este lugar? -.

Entramos a una sala con planta de cruz latina, como las iglesias convencionales, aunque me temo que es lo único convencional. En la nave central no hay bancos, como cabría esperar, sino que varias figuras flanquean los costados hasta el ábside. Son representaciones de antiguos dioses paganos griegos y romanos. Estatuas de mármol blanco que te miran mientras avanzas, recordándote que ellos fueron dueños del mundo hace milenios y que tú eres simplemente una mota de polvo entre tantas. Miraba sobrecogido en todas direcciones mientras mis piernas caminaban. Llegar al crucero solo hizo que sintiera que mi psique se desmoronaba. Era incapaz de asimilar todo lo que estaba viendo. Por encima de mí se alzaba una cúpula perfecta que me situaba en el centro de miles de personas pintadas que me miraban.

Estaba desnudo ante ellas, se reían de mí. Sus cuerpos pigmentados eran perfectos, el mío un desecho escuálido y penoso. Sus ojos estaban fijos en cada pliegue de mi piel, me juzgaban y decidían mi destino como inquisidores implacables que me conducían al cadalso. Traté de fijarme en otro punto totalmente opuesto, pero sólo encontré la desolación de un gran Buda que sentía lástima por mí. Su rechoncho cuerpo de bronce era incluso más puro que mi alma, cada detalle de su vestimenta más elevado que mi propia existencia. Giré sobre mí mismo y en el lado opuesto me di de lleno con un ejército de seres aterradores tejidos en un tapiz de grandes dimensiones. Demonios de caras rojizas, colmillos punzantes y cuernos retorcidos peleaban con seres azulados y demenciales. Criaturas de diez brazos que agarraban cabezas humanas goteantes, que pisaban cuerpos desmembrados y se bebían la sangre caliente de los muertos.

Caí de rodillas extenuado, incapaz de soportar todas esas imágenes. Luché para impedirme seguir mirando, pero mi mente ya no era mía y levanté la cabeza del suelo sólo para encontrarme con el último de todos mis jueces: un Cristo crucificado lloraba por mí, los brazos de madera parecían querer abrazarme y yo le miré, le miré porque era mi única salvación, le miré porque mis pecados pesaban y resultaban insoportables. “¡Acaba ya con este dolor! ¡Mátame si es lo que deseas! Pero devuélveme todo lo que me has arrebatado. ¡Dime qué hago en este lugar!” le gritaba sin emitir sonido alguno, pero yo sabía que me escuchaba, era consciente de que en ese momento el universo entero se limitaba a Él y a mí. Y junto a su dolorosa figura, otra estatua que transmitía la tristeza más lacerante: su madre. La Virgen María no contemplaba a su hijo en la cruz porque lo tenía arropado entre sus brazos. El tiempo había avanzado, Jesús había descendido de su calvario y su cuerpo sin vida reposaba plácidamente. Era una piedad angustiosa pero tierna, que guardaba todo el sufrimiento del mundo y me lo transmitía de forma sosegada, como diciendo “así es la vida de los mortales”. Y entonces supe que me había roto. Todas mis defensas se quebraron definitivamente y no pude más que desviar mi rostro hacia el hombre que me había llevado hasta allí.

Me miraba igual que al jilguero, con absoluta pasividad. A pesar del temblor de mis manos, de las lágrimas que apenas podía contener, de que con toda probabilidad mi imagen debía ser indefensa, capaz de generar algo de clemencia o preocupación en cualquier ser humano… él me miraba como si no fuera nada, absolutamente nada. Me sentí pequeño, inútil, estúpido… irrelevante.

Se acercó a mí con una tranquilidad que sigo sin comprender y dijo en el mismo tono que en el comedor:

-Las preguntas que consumen tu mente las tuve yo hace… tiempo - esbozó una débil sonrisa, divertido - Las iré respondiendo poco a poco, día a día, en esta capilla, hasta que considere que estás preparado. Ya sabes cómo llegar. Habrá una copia de la llave en tu cuarto cuando vuelvas.

-¿Preparado para… qué? - pregunté notando mi voz temblorosa como pocas veces.

-Para ser el siguiente.

-¿El siguiente en qué? - comencé a arrastrarme hacia atrás, huyendo de él - ¿Qué pretende hacer conmigo?

-El siguiente en guardar la memoria de la humanidad.

-¿Y qué le hace pensar que me quedaré para hacerlo?

-Temes a la muerte como cualquier otro ser vivo. Te quedarás, no tengo ninguna duda.- contestó, acercándose a mí con calma mientras yo seguía arrastrándome hacia atrás. Mi espalda topó con la pared cuando formulé la siguiente pregunta:

-¿Acaso va a matarme si trato de huir?

-Por favor - su tono sonó ofendido un instante - Para huir es necesario estar encerrado, puedes irte si quieres, pero sé que no lo harás.

-¿Y por qué está tan seguro?

-Porque para ti guardo la victoria frente al único enemigo que tu especie nunca vencerá - se acuclilló frente a mí. Su mirada oscura parecía llegar a los secretos mejor guardados de mi alma, como si ya me conociese de antes, como si me hubiera observado desde el día en que nací - Puedo ofrecerte la inmortalidad.



25 de noviembre

                Durante este tiempo he ido diariamente a la capilla a recoger los fragmentos de mi alma. El que se ha convertido en mi mentor me ayuda con este proceso, aunque al mismo tiempo, siento que la propia capilla, con todas sus figuras, comienza a ser un apoyo. Hoy, incluso, he pasado algunas horas solo allí, observando al Buda, el Cristo, la piedad… y los he sentido cercanos.

Cuando algo se destruye, es posible reconstruirlo, pero ahora hay piezas que no encajan. Mi mentor se encarga de rellenar los huecos que quedan vacíos en mí, o de desechar aquellos pedazos que ya no necesito. El aprendizaje es arduo, pues se trata de dejar atrás todo lo que soy y convertirme en algo nuevo. He de renacer como un fénix y aprender a vivir otra vez. Soy como un niño, aprendiendo a dar sus primeros pasos, a decir su primera palabra, a elaborar su primer pensamiento lógico. La figura de mi mentor se comporta como un padre benevolente, que con paciencia, guía el comienzo de mi nueva vida.

Son muchas las cosas que no comprendo. Como médico, sé que todo tiene un principio y un fin, que ningún ser vivo es eterno, y ahora me encuentro ante un horizonte infinito. No hay nadie que me espere para llevarme al otro lado, no hay paraíso ni infierno para mí. Me prometen que la esquelética figura con guadaña nunca me molestará.

Esto es lo más difícil, aunque hay otras cosas. Soy el heredero de la vida de mi mentor y de muchos otros antes que él. Soy el siguiente. He de continuar con una tarea fundamental que he comprendido hoy mismo. Hablando con él, con los ojos a su altura, uno frente al otro, me ha dicho:

-Me dedico a observar. He recorrido durante siglos las mismas calles. He visto nacer y morir a muchos. Las ciudades cambian al ritmo de la humanidad, aunque los actos se repiten. La miseria del hombre se iguala a su esplendor. Las escenas más cruentas no son mayores que las más tiernas. Mientras cientos de soldados mueren en batallas, cientos de madres abrazan a sus hijos. El hombre ama y odia de la misma manera. Estos hechos se suceden en el tiempo mientras yo me mantengo. A distancia, contemplo y guardo.

-Pero, ¿de qué sirve observar si no intervienes? ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, ver a un asesino acercándose a su víctima y no salvarla?

-Mantener la memoria de este mundo tan terrenal sin cambiar los hechos. Ese es el sentido, ya que las cosas han de suceder. Se llama libre albedrío y contra eso nadie puede hacer nada. Es un don concedido a vuestra especie, no tenéis un destino que os ate, ningún hado que os marque un camino del que no podéis salir.

Entonces, una sombra ha recorrido su mirada, oscureciéndola más aún. Ha bajado la vista al suelo y ha continuado hablando:

-He cogido demasiado cariño a esta especie que antes sólo observaba. He entrado en sus juegos, me he rodeado del calor de sus individuos, he imitado su comportamiento, llegando a olvidar mi tarea en ocasiones. Igual que tú, estoy cambiando. Por eso estás aquí.

Para seguir sus pasos, es necesario que destierre todo lo humano que hay en mí. En principio puede parecer complicado, pero si lo pienso, ya había iniciado este viaje hacia tiempo. Todas las operaciones, todos mis pacientes, la cercanía constante a la muerte me habían preparado para esto. Quizás por eso he sido elegido.



30 de noviembre

              Qué lejanas parecen mis anteriores palabras, escritas hace menos de un mes, pero pertenecientes a alguien totalmente diferente. Mi cuerpo es el mismo, pero algo se ha ido para dejar espacio a algo nuevo. Me siento ligero, joven, fuerte… aunque vacío. Tendré que acostumbrarme a esta nueva sensación.

Escribo la última página de este diario, pues cuando ponga el punto y final, lo llevaré a la biblioteca y lo colocaré en el lugar que le corresponde.

El que ha sido mi guía y amigo durante estas semanas, se ha despedido de mí entre las estanterías repletas de memoria. Hemos entrado juntos y me ha hecho mirar cada uno de los volúmenes que allí descansan. Los libros se extienden desde el suelo hasta el techo, cubriendo las paredes como si fuesen
un gran tapiz, invadiendo cada rincón de la vasta biblioteca. Como una plaga, dominan el lugar. Me pregunto si podré leerlos todos. Desde luego, siento curiosidad por la historia desconocida que guardan en sus páginas. La esencia del ser humano recopilada en palabras que narran su día a día. Este tesoro será el que los salve del olvido.

-Todo lo que aquí ves es la razón de tu estancia en este lugar y de tu futura existencia - me ha dicho - Ya sabes todo lo que has de saber. Sólo nos queda hacer el intercambio.

-¿Intercambio? - he preguntado. Y esas han sido mis últimas palabras como mortal.

-Claro. Tú eres mi heredero, pero yo soy el tuyo. Yo te daré la inmortalidad, pero alguien tiene que continuar tu vida hasta el final. Así, podré morir, por fin.

Puso sus manos calientes con cuidado sobre mi cuello, como hiciera con aquel jilguero, y al igual que ese día, me sorprendió. Acercó su rostro al mío, deprisa, casi con ansia, y antes de que pudiera hacer nada, sentí sus labios sobre los míos. En principio no reaccioné, pero enseguida me vi arrastrado por algo incontrolable. Algo fluía de mí hacia él, y de él hacia mí. Cada movimiento de nuestras bocas cedía ese algo al otro y la fuerza que siento ahora, la juventud, la ligereza, se fue instalando en mí, dejando tras de sí el vacío.

Cuando se separó de mí, sus ojos ya no parecían tan oscuros. Nos miramos unos instantes y supe que sentíamos lo mismo. Habíamos cambiado.

Sin decir nada más, caminamos juntos fuera de la biblioteca. Recorrimos todos los pasillos, siendo ahora nuestros pasos los que llenaban su espacio, nuestras respiraciones las que resonaban en cada recoveco, nuestras miradas las que recorrían las obras de arte. No me sentí, sin embargo, un extraño.

Le acompañé por el jardín hasta la puerta exterior, y allí le vi por última vez, alejándose por el mismo camino que me trajo hasta aquí. Me di la vuelta, entonces, para observar la casa unos instantes. Luego entré, sabiendo que no volvería a tener noticias de él.

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domingo, 21 de julio de 2013

Un diario en las trincheras. [II]

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No le caía bien, nada bien, tenía que reconocerlo, el perfecto Misha, siempre hablando de su perfecta familia, con su perfecta risa, su perfecto optimismo y a Mark solo le parecía un perfecto idiota. Si, hay que reconocer que le tenía envidia, a él no le esperaba nadie en casa, a Misha sí, una familia y una guapa mujer, cuya foto guardaba en un medallón del cual no se desprendía nunca y aprovechaba cualquier situación para mostrárselo a los demás ¡Lo que daría por cambiar sus vidas! A él no le quedaba nada, nada…
Se levantó del suelo sin molestarse en sacudirse las ropas y siguió el camino por el que Misha se había marchado minutos antes.

Cuando llegó a la zona del comedor se dio cuenta de que lo que le había dicho el soldado era verdad; unos brindaban por volver a casa, otros, entre risas, por todo lo contrario, no volver y así no tener que ver a su suegra de nuevo, también había grupos apostando acerca de cuantos iban a matar en el siguiente asalto, por supuesto no faltaban aquellos que observaban la situación con mirada reprobatoria. De entre todos estos hombres, vestidos casi igual, resaltaba uno, que además, en ese mismo momento, se encaminaba hacia Mark, con una enorme e irritante sonrisa en su rostro, ya rojo por el calor del alcohol.

lunes, 27 de mayo de 2013

Bienvenido a Raven's House. [I]

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[Primera parte.]

Ahora que ya todo ha pasado, que la oscuridad ya no nos persigue, creo que debería conocer la historia que me obligó a salir huyendo de la mansión de mi querido tío Ferdinand.
Se que es un hombre impaciente, pero este macabro relato debe ser contado sin prisas pues los horrores que viví en aquella casa, apartada de la civilización, necesitan tiempo para ser descritos.
Coja ahora varios papeles y la pluma que guarda en su portadocumentos pues si lo que venía buscando era algo sorprendente créame que lo ha encontrado.

Bien, empecemos por el motivo que me llevó a visitar a mi tío, al que hacía años que no veía y del que poco recordaba, solo lo que en la familia se oye, sabe usted, sobre un familiar poco común: lo solitario y excéntrico de su persona, la misteriosa presencia de su mujer de la que nada parecían conocer, el deterioro de la mansión donde vivía, etc, etc, etc. Realmente el tío Ferdinand era la oveja negra que toda familia importante tiene, el eslabón más alejado del que se siente miedo y respeto al mismo tiempo. Yo, personalmente, tenía una fascinación platónica por su persona, pues mi espíritu es salvaje y no se acoge a moldes y mi tío parecía ser la misma clase de individuo. Mas me equivocaba ya que Ferdinand era esto y mucho más.
Pero no nos desviemos del comienzo, ya habrá tiempo para desentrañar la personalidad de mi pariente.


Por aquel entonces yo era joven y emprendedor, había finalizado la carrera de Derecho con insuperables notas y me había incorporado a un importante bufete de abogados, de los más prestigiosos de Londres. Los casos llegaban y yo los ganaba, obtenía importantes ingresos que servían para mantener las promesas que le hacía a mi querida Elizabeth de que algún día nos compraríamos una gran casa apartada del mundo y pasaríamos los años juntos, lejos de la capital, de la gente y de los asfixiantes lazos de mi familia. Todo se desarrollaba bajo esta rutina hasta que un día recibí una misteriosa llamada. Recuerdo ese día en especial porque fue el que desencadenó la serie de grotescos sucesos que hoy me dispongo a contarle.
 Bien, como decía recibí una llamada proveniente de Raven´s House (la mansión de mi tío que, como puede percibir, hasta el nombre encierra oscuridad) y al otro lado de la línea una voz, que manifestaba pertenecer al mayordomo de la casa, me decía que mi tío requería de mis servicios. Como puede imaginarse mi sorpresa fue descomunal ya que, como le he dicho antes, poco recordaba del tal Ferdinand y dudaba de que él precisamente me recordase a mi. Pero la voz me explicó que mi pariente estaba informado, gracias a que leía la prensa diariamente, de los casos que había ganado con anterioridad y pensaba que yo era la persona idónea para realizar un importante trabajo y que además, al ser de la familia, la discreción y la confianza estaban garantizadas. Pregunté, por supuesto, en varias ocasiones sobre el asunto en el que tenía que trabajar pero el mayordomo me daba evasivas y me instaba a trasladarme a la mansión lo antes posible, donde sería tratado el tema con tranquilidad. Turbado y desconcertado miraba a Elizabeth, que en ese momento se encontraba conmigo, que a su vez me miraba sorprendida por las respuestas incongruentes y extrañas, como si de una absurda conversación se tratara, daba a mi interlocutor. Por más que lo intentaba la información que obtenía era escasa y siempre la misma: mi tío Ferdinand estaba llegando al término de su vida y necesitaba, antes de morir, dejar unos asuntos atados y aclarados y yo era la única persona que podía hacerlo. ¿Qué asuntos? Si quería responder a esa pregunta tendría que desplazarme a Wellow, un pequeño pueblo en la remota Isla de Wight a ciento seis millas de Londres, donde se encontraba Raven’s House. Allí me esperarían el señor y su esposa a lo largo de la misma semana.

Cuando colgué le conté a la sorprendida Elizabeth todos los detalles del diálogo con el mayordomo y lo primero que me dijo es que ni se me pasase por la mente acudir a esa cita tan extraña. ¡Qué cosas horribles podrían sucederme en una alejada isla con un señor del que poco sabía y que lo que conocía de él era cuanto menos enigmático!. Sus argumentos, ahora me doy cuenta, iban cargados de advertencias sobre posibles peligros que yo desechaba alegando que un miembro de mi propia familia no iba a hacerme ningún daño. Ojalá hubiera escuchado, ojalá hubiera actuado sin seguir el impulso que me llamaba a reunirme con mi tío. Pero bueno, ahora ya es demasiado tarde y solo puedo ceñirme a los hechos.

Acepté sin dudar la oferta del mayordomo quedando en que al día siguiente cogería el primer tren que saliera para Yarmouth y una vez allí tomaría el ferry a Lymington donde me esperaría un coche que me trasladaría a la mansión.

Después de discutir con Elizabeth sobre lo beneficioso que podría resultar este asunto para mi carrera pues, creo que no lo he mencionado antes, pero mi tío era un afamado cirujano ya retirado que había amasado una gran fortuna lo cual significaba que mi tarea, seguramente, era encauzar o dirigir ese dinero en el testamento lo que, si todo salía bien, me consagraría como abogado familiar. Bien, pues después de toda esta retahíla de argumentos convincentes comencé a buscar en mi estudio todos los papeles que podrían serme útiles en Raven’s House, véase dosieres de casos parecidos en los que había trabajado, algún que otro libro de leyes e incluso un testamento que guardaba de unos antiguos clientes. Todo esto lo metía a prisa en mi bolsa de mano ante la atenta mirada de mi prometida. Como no sabía exactamente los días que iba a pasar en la isla metí abundante ropa en un baúl de viaje de mediano tamaño y lo coloqué junto a la entrada pensado e incluso rogando que todas las prendas que había colocado fueran excesivas para el tiempo que durase mi estancia allí.

Llegó la noche y acuciantes nervios me impedían dormir, pensaba en lo rápido que había sucedido todo, en lo aburrido e insulso que se presentaba el día hasta que la llamada del mayordomo hizo girar todo trescientos sesenta grados. Reflexionaba sobre qué sería exactamente lo que mi tío esperaba de mí y por otro lado me sentía extrañamente excitado por lo que al día siguiente descubriría en la mansión, por fin analizaría con mis propios ojos la aparente decadencia de la familia de Ferdinand y confirmaría o desecharía todos los rumores que había escuchado desde que era niño.

Sonó el viejo reloj de cuco del salón indicando las siete de la mañana. De un salto salí de la cama mientras Elizabeth, a mi lado, se desperezaba para preparar el té matutino. Me duché y me afeité con el estómago encogido por la emoción, me bebí el dulce té casi de un sorbo, agarré la cartera con los documentos y cargué con la maleta. Me despedí de mi prometida con un apasionado beso, casi como si fuera el último que nos diéramos en mucho tiempo, y salí por la puerta repitiendo la misma cantinela de que estaría bien, que escribiría todos los días y que trataría de volver lo antes posible. ¡Ay, si llego a saber lo que al final del viaje me esperaba nunca habría cruzado esa puerta!

Me dirigí a la estación de tren donde cogí el expreso de las ocho y allí me ocurrió el primer extraño episodio que daría pie a muchos otros: Estando a punto de pagar mi billete, la taquillera me miró extrañada y me dijo: “¿No tendrá usted intención de coger el ferry en Yarmouth verdad?” A lo que yo respondí que ese era mi principal objetivo y pregunté, airado, el porqué de su curiosidad: “No quiero entrometerme en sus asuntos” me dijo “Pero dicen que en la Isla de Wight pasan cosas raras últimamente”. “Tonterías” repliqué yo “Habladurías sin importancia, usted limítese a darme el billete no vaya a ser que pierda el tren por su culpa”. Hasta yo mismo me sorprendí puesto que una contestación tan brusca no suele ser propia de mí, pero los nervios me atenazaban el estómago y un temor inexplicable comenzaba a embargarme lentamente.

Subí al tren no sin antes echar un último vistazo atrás, como para retener en la memoria  la última imagen de Londres por si nunca volvía a pisarlo.
Caía la tarde cuando el tren paró al final del trayecto. Raudo y con la maleta a cuestas me dirigí al pequeño puerto para coger el primer barco que partiese. Compré el ticket y me subí a la pequeña embarcación de madera.
El viaje era corto, pero el tiempo me engañaba alargando los minutos, riéndose de mí haciendo que el trayecto se me hiciese interminable. Una espesa niebla lo cubría todo, yo dudaba de cómo el capitán del ferry podía ver por dónde íbamos ya que el mar parecía haber desaparecido bajo un manto blanco.
 El Sol ya se había ocultado y por fin, a lo lejos, divisé, no sin cierto pavor, el final del viaje: el puerto de Lymington con su pequeño faro guiándonos entre la niebla como moscas hacía la luz.

El ferry escupió su carga y yo me encontré, cartera en mano, en un camino de tierra frente a un coche del que se bajó el hombre más peculiar que había visto en mucho tiempo: vestía un uniforme pasado de época y llevaba el pelo cano peinado hacia atrás despejando su cara de rasgos afilados y amenazadores. Su rostro surcado de mil arrugas decía muchas cosas acerca de su vejez y sus años pero lo que más me sorprendió fueron sus ojos grises, fríos y duros como el acero, pero aún así extrañamente serviciales.
-Señor Howard, bienvenido a la Isla de Wight, su tío le espera.- No pregunté cómo había sabido que era yo la persona a la que buscaba, tampoco pregunté el porqué de un coche tirado por caballos en vez de las maravillas de vehículos a motor que se vendían desde hacía algún tiempo, simplemente me subí a la parte de atrás del anticuado, aunque lujoso, carro y me encaminé hacia Raven’s House…

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jueves, 23 de mayo de 2013

Un diario en las trincheras. [I]

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[Primera parte.]


Cargar, apuntar, disparar, correr, esconderse, cargar, apuntar, disparar, correr, esconderse, cargar, apuntar, disparar, correr, esconderse… ese era el ciclo eterno al que se encontraban sometidos los soldados, y como banda sonora, para alentarles a continuar la lucha, se escuchaban los cañonazos y el sonido de las bayonetas al clavarse en la carne, todo un deleite para los sentidos de las personas que allí se encontraban. Quizás, viendo esta escena, Rousseau se hubiera pensado más el decir que el ser humano es bueno por naturaleza.
En el campo de batalla trozos de tierra saltaban continuamente, por el impacto de los proyectiles, y el terreno que no estaba cubierto por cuerpos, tanto de aliados como de enemigos, presentaba el color granate de la sangre al mezclarse con la arena y hacer un macabro barro. Pero está bien, esa horrible visión ya era el pan de cada día, se había convertido en algo que los acompañaría de por vida, incluso sin vencían y conseguían volver a casa, sabían a ciencia cierta que todas las noches volverían a estar allí, peleando, con el olor de la pólvora entrando por sus fosas nasales y el peso de sus armas en la mano derecha, pero todo por la patria, por defender los colores de una bandera.

Poco a poco cada soldado se ha ido retirando a su base, parece que hoy no ha conseguido avanzar ninguno de los dos jugadores de este ajedrez gigante, y solo han perdido vidas, quizás cientos de ellas, gastadas inútilmente.


Mark estaba sentado, con la espalda apoyada en una de las paredes de tierra, manchándose el uniforme, pero ese era el menor de sus problemas, con la vista fija en la pared contraria, gastaba sus minutos limpiando con un viejo y sucio pañuelo el arma que siempre le acompañaba. Los sonidos de pasos y los gritos de unos militares a otros no conseguían que el soldado reaccionara, cosa que no parecía importarle mucho a los que caminaban, e iban de un lado a otro, pasando por delante de él, la mayoría cargados con cajas, los últimos restos de municiones, armas y vendas.

Levantó la vista cuando un joven corriendo, con una de esas cajas en las manos, le golpeó en el pie, este no se detuvo a disculparse y simplemente siguió a lo suyo. Mark miró su arma como si lo hiciera por primera vez en mucho tiempo, y al ver que ya estaba limpia, se ató el mugroso pañuelo alrededor de la reciente herida que se había hecho, apenas unos días atrás, algún que otro medico militar ya lo había regañado por hacer eso, pero su respuesta siempre era la misma “Si no tengo mi arma preparada moriré aquí, solo así tengo alguna oportunidad de volver a casa” ¿Pero de verdad quería volver a casa? No, realmente no, no le esperaba nadie allí donde fuese, hacía tiempo que había perdido su familia, y quizás por temor, nunca pensó en formar una nueva, y así estaba ahora él, un soldado que no le importaba a nadie, en mitad de una guerra que le daba igual y sin nada que perder.

— ¡Soldado!— Gritó de repente una voz autoritaria, que hizo que Mark levantara la vista alarmado después de haberse atado la venda.

Su mirada se relajó al darse cuenta de quién era— Misha— Se quejó— ¿Qué quieres?

— No puedes pasarte aquí toda la noche… otra vez— Cruzó los brazos sobre el pecho, en esos momentos no llevaba el arma— Ven a beber, antes de que se acabe lo que queda.

— ¿Y qué celebramos?

— Que llueve, que no llueve, que hace sol, que está nublado, que ganamos, que perdimos… Elije— respondió con una sonrisa, que Mark no sabría definir si era macabra o sarcástica.

— Prefiero quedarme aquí con Brigitte— Fue lo único que dijo dando por terminada la conversación.

— ¿Brigitte?— Cuestionó extrañado— ¡Oh! Ya, tu dichosa arma— Suspiró exasperado— Si trataras a una mujer de la misma forma en que tratas a tu bayoneta no tendrías problemas en conseguirla— El silencio se hizo entre ellos y cuando Misha vio que no iba a responderle, se dio la vuelta, marchándose por donde había venido con un fuerte resoplido.

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miércoles, 23 de enero de 2013

La caída de los Ángeles [Prólogo].

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 “Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente, que decía: Ven y mira. Miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía; y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra.”

Apocalipsis


En un mes se acabará el mundo, en tres semanas todos sabrán la verdad, en 15 días se recrudecerá la guerra, en 420 horas tendrás que luchar contra tus propios demonios y en dos minutos te despertará el insistente sol que entra por la ventana, un gruñido será lo que escape de tu boca o quizás una maldición. En estos momentos, incluso sin conocer el futuro, sabes que no es perfecto, aunque cuando lo entiendas todo pensarás que deberías haberte sentado con el karma delante de un café a negociar y recordarle a ese hijo de puta que esto no es lo que habíais acordado.

Lo primero que ves al levantarte, como cada mañana, es el enorme tomo negro de piel gastada, letras plateadas y medio borradas por su uso, que se encuentra en la estantería frente a la cama, aunque aquel libro de magia negra no es el único que hay, de hecho, multitud de ellos, de variopintas formas y colores adornan la habitación. Los amuletos tampoco escasean, los más abundantes son las estrellas de cinco puntas con una de ellas en dirección a la base, incluso en un rincón ya olvidado se puede encontrar un saquito de tela púrpura que contiene unas hermosas y elaboradas runas, aunque algunas astilladas por el paso inquebrantable del tiempo, en contraste con todo esto, un ordenador se esconde en la mesa, debajo de prendas de ropa y una tarjeta de felicitación por tu vigésimo cumpleaños, firmada por tus abuelos se encuentra en el suelo.

Cuando el sol ya es lo suficientemente fuerte como para traspasar las sábanas con las que te tapas la cabeza, suspiras y lentamente, aún con los ojos entornados, te incorporas bostezando, intentando acostumbrarte a la luz y buscando con la mirada el reloj que siempre se encuentra sobre una oscura mesilla cercana a la cama, junto a una libreta y un bolígrafo, en el que muchas veces escribes tus pesadillas con la intención de que nunca se hagan realidad, aunque por la mañana maldices momentáneamente la debilidad que te lleva a hacer eso, a seguir ese patrón cada vez que ocurre, acostumbrada a mostrar una sonrisa infantil y una forma de ser despreocupada, en esos momentos de temor, a pesar de ser más sincera que nunca, sientes que traicionas de alguna manera tu forma de ser. Sin embargo, ves que la hoja sigue en blanco y el bolígrafo en el mismo sitio en el que lo dejaste, esta noche tus sueños han sido tranquilos, o casi, porque por la mirada que Kit-Kat te dirige sabes que más de una vez le has debido tirar de la cama en la que dormía contigo y con una sonrisa divertida observas como sale dignamente de la habitación, con la cabeza alta y el pelo marrón del lomo erizado, desde luego si no fuera un gato sería el rey del drama.

Tus pies se posan en el suelo y un escalofrío recorre tu espalda, en esta época del año el frío todavía no se ha ido y permanece anclado en cada esquina de la ciudad, aunque por suerte hoy el sol no es ocultado por ninguna nube, algo es algo… Te pones unas zapillas cómodas de color rojo, que sí, no es que peguen en absoluto con el pijama rosa, pero a quién le importa, y te diriges tranquilamente, con toda la parsimonia del mundo, a la cocina, dónde Kit-Kat te dirige una mirada y te ordena- no, no te pide, te ordena- que le des su desayuno, tú resoplas en una mezcla de diversión y de “maldito gato, como me vuelvas a ordenar hacer algo te meteré en una Pokéball, ya verás que risa” El minino parece captar a la perfección el segundo mensaje y pocos segundos después él desaparecerá mientras tú coges una taza de alguno de los armarios. Mientras la leche se calienta en el microondas te asomas por la ventana, miras y ves la estrecha acera que se extiende varios metros por debajo de ti y que llegado a un determinado punto gira bruscamente hacia la derecha, imposibilitando que lo puedas seguir con la mirada. Antes de que la alarma del microondas suene, avisándote que la leche ya está a la temperatura deseada, diriges un último vistazo al canal, mucho más ancho que el suelo firme y también mucho más hermoso.

Vuelves tranquilamente a tu habitación, con la humeante taza de Cola-Cao en una de tus manos, mientras que la otra sujeta un paquete de galletas con chocolate, si, de esas que más te gustan y de las cuales en menos de 5 minutos no quedará ninguna. Diriges tus pasos hacia una mesita blanca pegada a la pared y acercas la silla del escritorio a esta. Quizás la parte más ordenada de la habitación sea en la que te acomodas ahora, o al menos parece que se mantiene ajena al desbarajuste que reina por el resto de la estancia. Coges una de las galletas y te la llevas sin contemplaciones a la boca, para a continuación comenzar a peinarte el rojizo cabello que te llega hasta la altura del pecho y que ves reflejado en el espejo que poco a poco parece empañarse por el vapor de la taza que has dejado frente a él. El tono pelirrojo de la melena contrasta vívidamente con una piel de porcelana, moteada de pecas, sobre todo esparcidas por los pómulos dándole un enfoque más infantil a tu rostro. Destacando en él, unos grandes e impactantes ojos, verdes como esmeraldas que te proporcionan una mirada felina. Unos ojos siempre chispeando, expresivos, ya sea de burla, diversión o alegría, siempre contrastando con tu aparente inocencia aniñada.
Es en ese momento en el que ves como una pequeña llama de fuego parece estar dentro del espejo, no te asustas y ni si quiera supone para ti una sorpresa, sabes de sobra que eso es solo un mensaje, así que cuando ves que ya se aproxima a la superficie del espejo buscas rápidamente un trozo de hoja. El pequeño retazo chispeante atraviesa la superficie del cristal y se queda suspendido delante de tus ojos.

— Siempre me he preguntado si esto quema de verdad— murmuras segundos antes de alzar uno de tus dedos y tocarlo, lo retiras casi al instante, sintiendo una lacerante sensación de dolor en el índice y quejándote con un “¡Ay!” — Pues sí, sí quema.

Ahora ya con algo más de reticencia, acercas la hoja a la llama y la colocas debajo, en ese momento el fuego vuelve a cobrar actividad, dividiéndose y cayendo sobre el papel para formar palabras a base de quemaduras. Aproximas el mensaje para poder leerlo y apenas terminas de hacerlo cuando te levantas como un rayo y te acercas al armario, cogiendo esos pantalones que tanto te gustan y aquella camiseta que compraste apenas dos días atrás, sales corriendo por el pasillo a la pata coja, mientras intentas ponerte unas botas militares que te quedan a medio abrochar y justo antes de traspasar la puerta recoges una capa larga negra y la máscara blanca y plateada que te cubre la mitad superior del rostro. Una vez en la calle, maldices el haberte olvidado alguna prenda de abrigo y es que… ¿Cómo se te ocurre olvidarte eso? Quizás algún día pagues caro tus despistes.

Tus pasos no hacen sino alejarte de Plaza de San Marcos y llevarte a las calles más apartadas, allí donde los turistas que llegan para contemplar los carnavales no son otra cosa que parte del murmullo incesante de la ciudad que se escucha a lo lejos. Caminas durante bastante rato mirando insistentemente el reloj que llevas en la muñeca y sin fijarte en tu entorno, total, para ti esta ciudad no tiene ya ningún secreto. Cuando llegas a la esquina de una de las tantas calles por las que pasas te detienes, contemplando los alrededores un momento y apoyas la espalda en la pared de ladrillo que te queda más cercana para esbozar una sonrisa mientras suspiras y alzas la cabeza para observar como las nubes se empiezan a acumular en el cielo.

— Lamento el destrozar todas tus fantasías, pero no soy tu mascota, no vendré corriendo cada vez que me llames, para eso deberías comprarte un perro— En ningún momento la sonrisa irónica abandona tus labios. No ves a tu interlocutor, pero sabes que está cerca, para ser exactos si dieras un paso más lo podrías observar apoyado en la misma pared en la que tú te reclinas tranquilamente.

— Haces estupendamente bien ese papel, no veo porqué debería de reemplazarte por ahora— Escuchas su voz femenina, bastante más seria que la tuya y sabes perfectamente que aunque no haya ignorado tu comentario, te está reprochando el no tomarte nada en serio, cosa en la que probablemente tenga razón.

— Bueno, bueno, después de este emotivo reencuentro lo mejor será que me digas si encontraste algo— Aunque tu actitud denota tranquilidad y quizás algo de pasotismo no puedes evitar que un deje de esperanza se escape con las palabras que pronuncias.

— No gran cosa— y esa frase es la que te devuelve a la cruel realidad— Cubre muy bien sus huellas y no pude seguirle la pista durante mucho tiempo.

Una queja apenas audible surge de tu garganta, maldiciéndole mentalmente— Malditos brujos, sin vosotros estaríamos mucho mejor, no sería un mundo perfecto pero tendríamos paz— No refrenas las palabras que salen por tu boca, como si hablaras para ti misma en lugar de en voz alta y sin embargo la sonrisa no desaparece de tu rostro, como si solo fuera un comentario irónico o anhelante.

— ¿Y qué es para ti un mundo perfecto?

La pregunta te toma por sorpresa, no esperabas eso, sino que más bien soltara algún comentario hiriente. Meditas unos segundos antes de responder— Creo que para mí el mundo perfecto sería aquel en el que todas las ciudades tuvieran playa y todas las comidas bacon.

— Creo que deberías saber cuando parar de bromear

— Y tú cuando comenzar

— ¿Acaso nunca has querido tomarte la vida en serio, ser una heroína?

— Mi padre mató muchos brujos, al igual que el tuyo mató a muchos inquisidores, entre los míos ellos son brillantes héroes que dieron su vida por la paz, entre vosotros será al revés, unos malditos locos que disfrutaban con el placer de matar… solo los vencedores dirán quien hace el papel de villano y quien el de héroe, hasta entonces es inútil preocuparse por cosas tan banales como esas— y por una vez en toda la conversación tu semblante permanece serio, realmente duele recordar el pasado. Ya habías separado la espalda de la pared dispuesta a retirarte cuando su voz vuelve a resonar en tus oídos.

— Te espero esta noche, en la fiesta del Palazzo Dario, hay un perro tras mi pista, me lo quitaré de encima allí y tú me ayudarás—  Sonreíste ante el desprecio que mostraba por aquellos que tenían el mismo objetivo que tú deberías de tener y es que una relación de enemistad entre dos razas durante siglos no podía desaparecer así como así, mucho rencor, odio y seres cercanos perdidos como para olvidar.

— Espero que no te estén vigilando ahora, creía que sabías encargarte de tus problemas— tus ojos analizan con rapidez el entorno, fijándose en cada mínimo detalle buscando cosas fuera de lugar o indicios de que alguien estuviera cerca, para tu alivio no encontraste nada— además no estoy invitada.

— Me encargo de mis asuntos, pero creí que intentarías mantenerlos alejados- su voz suena irritada, sabías que a ella no le gustaba que dudasen de sus capacidades— no te preocupes por la invitación, corre de mi cuenta.

Suspiraste, en el fondo sabías que se lo debías, de no ser por ella tardarías mucho más en dar con aquel brujo que hundió tu vida— Allí nos vemos— y sin añadir nada más echaste a caminar sin siquiera mirar atrás.


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