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domingo, 21 de julio de 2013

Un diario en las trincheras. [II]

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No le caía bien, nada bien, tenía que reconocerlo, el perfecto Misha, siempre hablando de su perfecta familia, con su perfecta risa, su perfecto optimismo y a Mark solo le parecía un perfecto idiota. Si, hay que reconocer que le tenía envidia, a él no le esperaba nadie en casa, a Misha sí, una familia y una guapa mujer, cuya foto guardaba en un medallón del cual no se desprendía nunca y aprovechaba cualquier situación para mostrárselo a los demás ¡Lo que daría por cambiar sus vidas! A él no le quedaba nada, nada…
Se levantó del suelo sin molestarse en sacudirse las ropas y siguió el camino por el que Misha se había marchado minutos antes.

Cuando llegó a la zona del comedor se dio cuenta de que lo que le había dicho el soldado era verdad; unos brindaban por volver a casa, otros, entre risas, por todo lo contrario, no volver y así no tener que ver a su suegra de nuevo, también había grupos apostando acerca de cuantos iban a matar en el siguiente asalto, por supuesto no faltaban aquellos que observaban la situación con mirada reprobatoria. De entre todos estos hombres, vestidos casi igual, resaltaba uno, que además, en ese mismo momento, se encaminaba hacia Mark, con una enorme e irritante sonrisa en su rostro, ya rojo por el calor del alcohol.

viernes, 14 de junio de 2013

Campanas para el caos.

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"Τα παιχνίδια των θεών είναι επικίνδυνα για τον άνθρωπο."

(Los juegos de los dioses son peligrosos para los hombres.)


La manzana estaba sobre la mesa. Simplemente se encontraba allí. Nadie sabía cuando había aparecido o si llevaba en el frutero de plata con las demás frutas desde que comenzó la ceremonia. Aunque eso era prácticamente imposible, pues un objeto así llama la atención: estaba hecha de oro macizo y refulgía con luz propia destacando su posición, haciendo que los ojos de todos los asistentes se fijasen en ella.
Todos estaban maravillados, menos Tetis y Peleo que consideraban la aparición del áureo fruto como presagio de algo terrible. Sabían perfectamente que la manzana no estaba allí al comienzo de la celebración, ellos mismos habían organizado todos los manjares y la ambrosía que disfrutaban los dioses Así que alguien, intencionadamente, la había traído. Alguien perverso que había grabado en la dura piel una inscripción ambigua y clara al mismo tiempo: “Para la diosa más hermosa”.
¿Cuántas diosas habían acudido? Prácticamente todo el panteón femenino: desde la salvaje Artemisa hasta la enigmática Hécate, incluso Perséfone había dejado el Hades para asistir al enlace. Aún así faltaba alguien, la única deidad rechazada hasta por los suyos, la única capaz de arruinarlo todo incluso sin haber sido invitada: Eris, la diosa de la Discordia.
Que ingenuos habían sido Tetis y Peleo, pues confiaban en que si no convidaban a Eris todo marcharía a la perfección, pero el caos es grande y llega incluso a los lugares más recónditos. Nadie se libra de él, ni siquiera los dioses.

La manzana seguía imperturbable sobre la mesa, avergonzando a las demás frutas y deslumbrando a los dioses, nereidas, ninfas, sátiros incluso al mismísimo Zeus que la miraban sin parpadear. Y de pronto una figura avanzó bajo la atenta mirada de los presentes.  Hera se situó frente a la mesa mirando a todos directamente a los ojos y dijo:
-Esta manzana me pertenece. Alguien quiere hacerme un regalo y no se atreve a presentarse ante mí en persona.

“¡Oh no! Ya ha empezado.” Pensó consternada Tetis mientras observaba la magnífica figura de la reina de las diosas acercarse para coger el fruto…
-¡No, Hera! Esa manzana es mía. No por ser nuestra reina eres la más hermosa de nosotras.
La voz de Atenea inundó el Olimpo e hizo que Hera se detuviese en su propósito. Pero faltaba algo, la escena no estaba todavía completa…
-Queridas- Dijo una voz melosa, suave, fresca y cautivadora – No discutáis por algo tan sumamente obvio. La inscripción deja bien claro que yo soy la única y verdadera propietaria de esa manzana.
Afrodita se situó junto a las dos diosas y las miró, como retándolas a desmentir sus palabras.

-Afrodita, vete con tus juegos de seducción a otra parte. ¿No te está Hefesto esperando impaciente en el lecho?.- Ante esta provocación por parte de Hera los sorprendidos invitados reprimieron la risa y trataron de disimular con ademanes absurdos que no le pasaron inadvertidos a la diosa del amor que contestó airada.
-Hera, puede que mi marido sea un tullido, pero por lo menos me es fiel. ¿Cómo piensas reclamar esta manzana si hasta el propio Zeus, teniéndote a ti como esposa, pasa más tiempo fuera de casa retozando incluso con simples mortales?
-Afrodita, no hables de fidelidad cuando ni siquiera la entiendes. Todos hemos sido testigos de tus pasiones con Ares, no vengas a reclamar algo que no te mereces.
-Vaya vaya, Atenea, la eterna virgen. ¿Realmente creíste que alguien había pensado en ti al dejar la manzana? Ingenua…
-No hay forma de que resolvamos este conflicto entre nosotras.- Sentenció Hera. –Necesitamos que alguien decida quién es la más hermosa. Alguien lo suficientemente poderoso como para que su veredicto sea irrefutable…
-¿A quién propones pues?
Una leve sonrisa se dibujó en los labios de la reina y con el aplomo de quien ha ganado una guerra dijo:
-Zeus por supuesto ¿Quién sino?
-¡Eso no es justo! No podemos poner a mi padre ante tal tesitura.
-¿Tienes miedo Atenea? ¿Qué le preocupa a la diosa de la justicia? Tal vez crees que el gran rey de los dioses elegiría antes a su amada esposa que a su hija que lo único que le ha provocado son dolores de cabeza, y nunca mejor dicho, pues de su testa naciste…

La sonrisa dejó de ser leve y se convirtió en un gesto lascivo y punzante cargado de odio e ira hacia la hija de su esposo.

-Hera tiene razón, que Zeus decida. Él mejor que nadie para reconocer la innegable belleza que poseo. No en vano los hombres me consagran a mi la pasión y el erotismo y me veneran como la única diosa del amor y el deseo.

Juntas se encaminaron hacia el majestuoso trono de mármol negro desde donde el señor del Olimpo gobernaba el mundo de los mortales con mano de hierro. Las tres diosas se quedaron al pie de los siete escalones de oro que llevaban al sitial. Zeus, en lo alto, las escuchaba petrificado pues no sabía como resolver la situación ya que irremediablemente su decisión traería serias consecuencias que caerían sobre él como un jarro de agua del Estigia. ¿Qué hacer? ¿Reconocer el atractivo innegable de Afrodita traicionando así a su esposa y a su hija? ¿O contentarlas a ambas engañándose a si mismo?
Tras cavilar una respuesta que no llegó se le ocurrió una solución que le eximiría de toda culpa.
-Queridas, aquí no hallaréis término a vuestro problema pues para mi sois igual de hermosas. Dejemos que sean los mortales quienes decidan. A veces la simpleza de pensamiento de quién sabe que en algún momento morirá es la respuesta más esclarecedora a cualquier pregunta.

Hubo un momento de silencio en el que las tres deidades se miraron íntimamente mientras Zeus rogaba que picaran el anzuelo.
-Está bien- Dijo Hera. –Pero serás tú quien elija al humano.

La tríada asintió y Zeus advirtió como un peso se elevaba de su estómago y desaparecía. Sabía perfectamente a quién designar para tan tremenda misión. A Paris, príncipe de Troya, hijo de Príamo y Hécuba, un joven que vivía alejado de las pasiones de los de su especie y cuya decisión sería totalmente imparcial.
Después de comunicarles el veredicto a las diosas, estas se encaminaron a bajar al mundo de los mortales guiadas por Hermes.  Estaban decididas a defender su honor e iban equipadas cada una con sus mejores armas de seducción.

Se encontraba Paris en una colina cercana a Troya contemplando pensativo el mar cuando notó que algo había cambiado, no sabía porqué pero percibía la atmósfera más pesada o tal vez eran imaginaciones suyas… De pronto una voz le sorprendió a su espalda.

-Hola Paris, futuro rey de Troya.- Era la voz más atrayente que había oído nunca y cuando se dio la vuelta para ver de donde procedía, su mente se colapsó por un momento y sus ojos se negaron a creer lo que veían. Tres mujeres, que reconoció a la perfección, se encontraban ante él rodeadas de una poderosa áurea blanquecina que difuminaba sus cuerpos pero no impedía apreciarlos en todo su esplendor. La que comenzó hablando siguió su soliloquio.

-Sabes perfectamente quienes somos. Hera, Atenea y Afrodita. Venimos porque necesitamos tu ayuda. Eres la única persona capaz de despejar una duda que nos corroe por dentro y que necesitamos resolver cuanto antes. Te la planteo ahora sin más demora, pues cuanto antes contestes antes se acabará todo esto. ¿Quién de nosotras es la más hermosa? Tomate tu tiempo si quieres, pero es necesario que sepas que tu decisión tendrá una recompensa si me elijes a mí. -En ese momento la figura de Hera pareció crecer, haciéndose más notable y mucho más imponente. – Si yo soy la designada, ten por seguro que no te faltará el dinero, serás el hombre más poderoso que exista en este mundo y todo el vasto imperio de Asia será tuyo.

Paris tragó saliva ruidosamente. Sin parpadear observó como otra silueta avanzaba relegando a Hera a una segunda categoría.

-Querido príncipe, se justo en tu elección, mas me veo obligada a ofrecerte algo como obsequio si me nombras a mí. Yo, Atenea, diosa de la guerra, te ofrezco la victoria. Serás el ganador de cualquier batalla a la que te enfrentes. No tendrás rival equiparable y tus enemigos te temerán pues sabrán que si se enfrentan a ti la derrota es su única opción.

A todo esto Afrodita contemplaba divertida los ofrecimientos de sus compañeras y esperó el momento exacto para hablar, justo cuando Paris parecía decidido a dictar sentencia.

-Yo simple y llanamente te ofrezco lo que está en mi mano, el amor verdadero de la mujer más hermosa que habita hoy sobre esta tierra: Helena de Esparta, casada injustamente con el rey Menelao.

La duda se instauró en la mente del joven príncipe. Helena…la bellísima Helena de Esparta, la única mujer a quién todos amaban en secreto y deseaban….
Poder, victoria, amor… la decisión era difícil pero estaba tomada.

-Soy un simple hombre mortal y no soy digno de entrometerme en asuntos de dioses, pero puesto que vosotras mismas habéis acudido a mí yo os ayudaré como buenamente pueda. Mi decisión esta tomada, para mí la diosa que merece la categoría de la más hermosa es, sin ninguna duda, Afrodita, diosa de la belleza.

Atenea y Hera se quedaron atónitas y en el fondo de su alma inmortal encontraron algo parecido a la vergüenza. Se dieron la vuelta y comenzaron a andar mientras sus contornos se desdibujaban y sus cuerpos dejaban que la luz los traspasase hasta que desaparecieron irritadas.

-Has sido sabio Paris y como te he prometido, desde este mismo momento  el corazón de Helena es tuyo. Ahora será mejor que vayas a buscarla, pero ten cuidado con Menelao, pues todavía él es su esposo.


Y Afrodita también desapareció dejando a Paris con una inusitada sensación de soledad pero con el corazón latiendo a mil por hora. Pediría a su padre que organizara un viaje a Esparta, con la excusa de entablar relaciones de amistad con el país vecino, sería entonces cuando seduciría  a Helena para que se fuera con él y juntos vivirían una historia de amor plagada de pasiones. Pero estaba el problema de Menelao ¿Cómo se sentiría cuándo se enterase de que su mujer, la reina, se había fugado con el príncipe de Troya? Seguramente ni le importaría pues era conocido que no amaba a su mujer. Seguramente ni se molestaría en averiguar a donde se había ido, seguramente…

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lunes, 27 de mayo de 2013

Bienvenido a Raven's House. [I]

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[Primera parte.]

Ahora que ya todo ha pasado, que la oscuridad ya no nos persigue, creo que debería conocer la historia que me obligó a salir huyendo de la mansión de mi querido tío Ferdinand.
Se que es un hombre impaciente, pero este macabro relato debe ser contado sin prisas pues los horrores que viví en aquella casa, apartada de la civilización, necesitan tiempo para ser descritos.
Coja ahora varios papeles y la pluma que guarda en su portadocumentos pues si lo que venía buscando era algo sorprendente créame que lo ha encontrado.

Bien, empecemos por el motivo que me llevó a visitar a mi tío, al que hacía años que no veía y del que poco recordaba, solo lo que en la familia se oye, sabe usted, sobre un familiar poco común: lo solitario y excéntrico de su persona, la misteriosa presencia de su mujer de la que nada parecían conocer, el deterioro de la mansión donde vivía, etc, etc, etc. Realmente el tío Ferdinand era la oveja negra que toda familia importante tiene, el eslabón más alejado del que se siente miedo y respeto al mismo tiempo. Yo, personalmente, tenía una fascinación platónica por su persona, pues mi espíritu es salvaje y no se acoge a moldes y mi tío parecía ser la misma clase de individuo. Mas me equivocaba ya que Ferdinand era esto y mucho más.
Pero no nos desviemos del comienzo, ya habrá tiempo para desentrañar la personalidad de mi pariente.


Por aquel entonces yo era joven y emprendedor, había finalizado la carrera de Derecho con insuperables notas y me había incorporado a un importante bufete de abogados, de los más prestigiosos de Londres. Los casos llegaban y yo los ganaba, obtenía importantes ingresos que servían para mantener las promesas que le hacía a mi querida Elizabeth de que algún día nos compraríamos una gran casa apartada del mundo y pasaríamos los años juntos, lejos de la capital, de la gente y de los asfixiantes lazos de mi familia. Todo se desarrollaba bajo esta rutina hasta que un día recibí una misteriosa llamada. Recuerdo ese día en especial porque fue el que desencadenó la serie de grotescos sucesos que hoy me dispongo a contarle.
 Bien, como decía recibí una llamada proveniente de Raven´s House (la mansión de mi tío que, como puede percibir, hasta el nombre encierra oscuridad) y al otro lado de la línea una voz, que manifestaba pertenecer al mayordomo de la casa, me decía que mi tío requería de mis servicios. Como puede imaginarse mi sorpresa fue descomunal ya que, como le he dicho antes, poco recordaba del tal Ferdinand y dudaba de que él precisamente me recordase a mi. Pero la voz me explicó que mi pariente estaba informado, gracias a que leía la prensa diariamente, de los casos que había ganado con anterioridad y pensaba que yo era la persona idónea para realizar un importante trabajo y que además, al ser de la familia, la discreción y la confianza estaban garantizadas. Pregunté, por supuesto, en varias ocasiones sobre el asunto en el que tenía que trabajar pero el mayordomo me daba evasivas y me instaba a trasladarme a la mansión lo antes posible, donde sería tratado el tema con tranquilidad. Turbado y desconcertado miraba a Elizabeth, que en ese momento se encontraba conmigo, que a su vez me miraba sorprendida por las respuestas incongruentes y extrañas, como si de una absurda conversación se tratara, daba a mi interlocutor. Por más que lo intentaba la información que obtenía era escasa y siempre la misma: mi tío Ferdinand estaba llegando al término de su vida y necesitaba, antes de morir, dejar unos asuntos atados y aclarados y yo era la única persona que podía hacerlo. ¿Qué asuntos? Si quería responder a esa pregunta tendría que desplazarme a Wellow, un pequeño pueblo en la remota Isla de Wight a ciento seis millas de Londres, donde se encontraba Raven’s House. Allí me esperarían el señor y su esposa a lo largo de la misma semana.

Cuando colgué le conté a la sorprendida Elizabeth todos los detalles del diálogo con el mayordomo y lo primero que me dijo es que ni se me pasase por la mente acudir a esa cita tan extraña. ¡Qué cosas horribles podrían sucederme en una alejada isla con un señor del que poco sabía y que lo que conocía de él era cuanto menos enigmático!. Sus argumentos, ahora me doy cuenta, iban cargados de advertencias sobre posibles peligros que yo desechaba alegando que un miembro de mi propia familia no iba a hacerme ningún daño. Ojalá hubiera escuchado, ojalá hubiera actuado sin seguir el impulso que me llamaba a reunirme con mi tío. Pero bueno, ahora ya es demasiado tarde y solo puedo ceñirme a los hechos.

Acepté sin dudar la oferta del mayordomo quedando en que al día siguiente cogería el primer tren que saliera para Yarmouth y una vez allí tomaría el ferry a Lymington donde me esperaría un coche que me trasladaría a la mansión.

Después de discutir con Elizabeth sobre lo beneficioso que podría resultar este asunto para mi carrera pues, creo que no lo he mencionado antes, pero mi tío era un afamado cirujano ya retirado que había amasado una gran fortuna lo cual significaba que mi tarea, seguramente, era encauzar o dirigir ese dinero en el testamento lo que, si todo salía bien, me consagraría como abogado familiar. Bien, pues después de toda esta retahíla de argumentos convincentes comencé a buscar en mi estudio todos los papeles que podrían serme útiles en Raven’s House, véase dosieres de casos parecidos en los que había trabajado, algún que otro libro de leyes e incluso un testamento que guardaba de unos antiguos clientes. Todo esto lo metía a prisa en mi bolsa de mano ante la atenta mirada de mi prometida. Como no sabía exactamente los días que iba a pasar en la isla metí abundante ropa en un baúl de viaje de mediano tamaño y lo coloqué junto a la entrada pensado e incluso rogando que todas las prendas que había colocado fueran excesivas para el tiempo que durase mi estancia allí.

Llegó la noche y acuciantes nervios me impedían dormir, pensaba en lo rápido que había sucedido todo, en lo aburrido e insulso que se presentaba el día hasta que la llamada del mayordomo hizo girar todo trescientos sesenta grados. Reflexionaba sobre qué sería exactamente lo que mi tío esperaba de mí y por otro lado me sentía extrañamente excitado por lo que al día siguiente descubriría en la mansión, por fin analizaría con mis propios ojos la aparente decadencia de la familia de Ferdinand y confirmaría o desecharía todos los rumores que había escuchado desde que era niño.

Sonó el viejo reloj de cuco del salón indicando las siete de la mañana. De un salto salí de la cama mientras Elizabeth, a mi lado, se desperezaba para preparar el té matutino. Me duché y me afeité con el estómago encogido por la emoción, me bebí el dulce té casi de un sorbo, agarré la cartera con los documentos y cargué con la maleta. Me despedí de mi prometida con un apasionado beso, casi como si fuera el último que nos diéramos en mucho tiempo, y salí por la puerta repitiendo la misma cantinela de que estaría bien, que escribiría todos los días y que trataría de volver lo antes posible. ¡Ay, si llego a saber lo que al final del viaje me esperaba nunca habría cruzado esa puerta!

Me dirigí a la estación de tren donde cogí el expreso de las ocho y allí me ocurrió el primer extraño episodio que daría pie a muchos otros: Estando a punto de pagar mi billete, la taquillera me miró extrañada y me dijo: “¿No tendrá usted intención de coger el ferry en Yarmouth verdad?” A lo que yo respondí que ese era mi principal objetivo y pregunté, airado, el porqué de su curiosidad: “No quiero entrometerme en sus asuntos” me dijo “Pero dicen que en la Isla de Wight pasan cosas raras últimamente”. “Tonterías” repliqué yo “Habladurías sin importancia, usted limítese a darme el billete no vaya a ser que pierda el tren por su culpa”. Hasta yo mismo me sorprendí puesto que una contestación tan brusca no suele ser propia de mí, pero los nervios me atenazaban el estómago y un temor inexplicable comenzaba a embargarme lentamente.

Subí al tren no sin antes echar un último vistazo atrás, como para retener en la memoria  la última imagen de Londres por si nunca volvía a pisarlo.
Caía la tarde cuando el tren paró al final del trayecto. Raudo y con la maleta a cuestas me dirigí al pequeño puerto para coger el primer barco que partiese. Compré el ticket y me subí a la pequeña embarcación de madera.
El viaje era corto, pero el tiempo me engañaba alargando los minutos, riéndose de mí haciendo que el trayecto se me hiciese interminable. Una espesa niebla lo cubría todo, yo dudaba de cómo el capitán del ferry podía ver por dónde íbamos ya que el mar parecía haber desaparecido bajo un manto blanco.
 El Sol ya se había ocultado y por fin, a lo lejos, divisé, no sin cierto pavor, el final del viaje: el puerto de Lymington con su pequeño faro guiándonos entre la niebla como moscas hacía la luz.

El ferry escupió su carga y yo me encontré, cartera en mano, en un camino de tierra frente a un coche del que se bajó el hombre más peculiar que había visto en mucho tiempo: vestía un uniforme pasado de época y llevaba el pelo cano peinado hacia atrás despejando su cara de rasgos afilados y amenazadores. Su rostro surcado de mil arrugas decía muchas cosas acerca de su vejez y sus años pero lo que más me sorprendió fueron sus ojos grises, fríos y duros como el acero, pero aún así extrañamente serviciales.
-Señor Howard, bienvenido a la Isla de Wight, su tío le espera.- No pregunté cómo había sabido que era yo la persona a la que buscaba, tampoco pregunté el porqué de un coche tirado por caballos en vez de las maravillas de vehículos a motor que se vendían desde hacía algún tiempo, simplemente me subí a la parte de atrás del anticuado, aunque lujoso, carro y me encaminé hacia Raven’s House…

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