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lunes, 25 de marzo de 2013

Las lecciones de Super Mario Bros.

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¿Alguna vez has pensado en la vida como una simple sucesión de hechos casuales, completamente aleatorios, y de los cuales nunca vas a tener el control? Yo sí ¿Y sabes qué? Todo es mejor así.

Ya no tienes un destino, un camino marcado, una meta a la que llegar, tienes una vida que no puedes controlar, regida por decisiones en apariencia insustanciales, que pueden tener una consecuencia enorme en un futuro no muy lejano. Son cruces de caminos, regalos, opciones que nos van apareciendo. Son como el humo que nunca podrás atrapar entre tus manos, son situaciones que escapan a tu control, no, no te sientas frustrado, siéntete humano, es lo que eres al fin y al cabo, no eres una máquina, no manejas tantos por ciento ni probabilidades, de hecho ni si quiera eres capaz de sacar la tostada en su dorado perfecto, siempre te pasarás o no llegarás. Eres humano, defectuoso, imperfecto y eso te hace único.

No almacenamos vidas como Super Mario, no nos hacemos más grandes si nos comemos una seta (a no ser que sea alucinógena), no perseguimos a nuestra princesa de castillo en castillo, o en todo caso, intentamos aprender de los errores para que no la secuestren treinta veces seguidas… y digo intentamos. Pero supongo que el perseguir sueños es lo que nos permite levantarnos de la cama cuando esta nos aprisiona con el sueño y las mullidas almohadas, quizás es eso lo que nos permite abrir los ojos y decir “Lucharé un día más”

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La última taza de té.

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Un aroma a canela mezclado con el delicado dulzor de la lavanda y el jazmín viajaba por el aire adornando el frío ambiente y despertando los sentidos de Margaritte que estaba sentada frente a la chimenea. Una taza de té descansaba encima de una sencilla mesa de cristal y caoba y era la que desprendía tan grato olor. Margaritte la cogía de vez en cuando y daba un largo sorbo, dejando que el líquido caliente descendiese por su garganta inundándola de una cálida sensación.

Era una fría tarde de invierno en Londres y la nonagenaria señora que miraba el fuego crepitar lo sentía en los huesos. De un tiempo a esta parte sus huesos se habían ido deteriorando a un ritmo vertiginoso y ahora no había un solo día que no le recordasen la edad que tenía. Pero ese parecía ser el único achaque de la vejez ya que su rostro no era el retrato más fiel de los años: varias arrugas se hundían en su piel sí, pero todo lo demás estaba terso y firme. Hasta sus labios eran voluptuosos y carnosos y no estaban rellenos de ninguna sustancia que los hiciese así. Dicen que los ojos son el espejo del alma y los de Margaritte eran del color de la miel, sinceros y entrañables, bondadosos y  cansados.
Los pechos algo caídos lógicamente, mas su cuerpo recordaba a una mujer hermosa, hablaba de un pasado sexy y de curvas, que aunque algo indefinidas ya, lo formaban y lo moldeaban.
Margaritte era una mujer coqueta, ya de pequeña –en aquellos años tan lejanos- observaba a su madre pintarse el rostro como si fuera un lienzo, cepillarse el pelo hasta dejarlo suave y sedoso y aplicarse infinidad de perfumes cuyos olores no alcanzaba a recordar. Su madre fue una gran mujer y era ella la que le había inculcado la ciega pasión por las letras y la que le había convertido en la gran escritora que era hoy. Cuando falleció, dos años después de que lo hiciera su padre, un pedazo de su corazón se rompió pero nació un sentimiento que ensalzaba a la figura materna a la categoría de santa, un sentimiento de adoración tan inmenso que solo pudo surgir tras el fallecimiento de la mujer.
De su padre, por el contrario, no había nada que recordar. Fue un hombre que nunca creyó en sus hijos y que no mostraba el mayor cariño por su esposa. Eso era lo único que  había perdurado en la memoria de Margaritte.

Su pasado había sido muy agitado, su familia era precariamente humilde y aunque ella era la pequeña de una sucesión de siete hermanos y disfrutaba de la protección de sus progenitores no había tenido una infancia fácil. Además la Segunda Guerra Mundial les había arrebatado lo poco que tenían.
Pero, como dicen, hay que enterrar el pasado para resurgir.

Margaritte volvió a asir la taza de té y bebió. Hoy no se oían las conversaciones del personal de servicio que trabajaba en la gran casa. La radio tampoco escupía sonidos como normalmente era obligada a hacer a esa hora. Incluso las aves que se refugiaban en el jardín permanecían extrañamente calladas, como si presintiesen la cercanía de un hecho insólito.
La dulce anciana no paraba de mirar el baile austero de las llamas con una expresión de calma y paz, le hacía gracia por todo lo que había tenido que pasar para lograr un momento como aquel.

Siempre había sido una mujer que regalaba amor. La primera persona receptora de ese regalo fue su marido Philippe, un apuesto hombre francés que le había dado tres hijos maravillosos que ahora se repartían por el mundo. Su marido fue la segunda persona, después de su madre, que se llevó un pedazo de su corazón al morir. La tercera y última fue August, alguien del que poco hay que decir puesto que no estaba destinado a abrir sus ojos en este mundo y nunca llegó a nacer.

Una lágrima escapó de los ojos de Margaritte, se deslizó por su mejilla surcando las arrugas de los labios provocadas por múltiples sonrisas y cayó al frío suelo de mármol donde se perdió para siempre.
Ya estaba preparada, era consciente de lo que venía a continuación como los elefantes cuando desaparecen para morir. Dejó la aromática taza de té en la mesa y revisó por enésima vez los sobres color crema que descansaban encima del cristal: las cartas de despedida habían sido escritas con pulcra caligrafía y bellas palabras. Tres sobres para tres hijos, ni uno más pues era innecesario.
No había querido hacer ningún preparativo adicional. Tenía la suerte de conocer el día exacto de su muerte, un regalo que Dios le había hecho o un onírico castigo, todo depende del punto de vista

De pronto la quietud tomó el mundo, el fuego paró de bailar, en el exterior las hojas de los árboles quedaron suspendidas en el viento, los coches se silenciaron y hasta el frío desapareció.
Una luz blanca, suave y cálida, entró por las ventanas e inundó el interior de la casa, desdibujando las formas de los muebles, haciendo desaparecer la taza de té tras su inmaculado color, incluso ocultando el suelo, con lo que parecía que la anciana flotaba en una espesura nívea.
Tres formas avanzaron entre la luz, se presentaron frente a Margaritte y extendieron la mano, simplemente eso, no hubo palabras ni gestos ni nada tan humano, solo una invitación.
Margaritte agarró la mano que le ofrecían sin dudar pues ella ya sabía que su hora había llegado.
Apaciblemente se adentró en la luz, acompañada de nuevo, como si los años nunca hubiesen pasado, por la presencia de su madre, su marido y aquél hijo que nunca llegó a conocer. Ellos le habían jurado que volverían a encontrarse y ahora cumplían su promesa.  

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miércoles, 20 de marzo de 2013

La decadencia.

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Miles de plumas blancas revoloteaban en el aire dibujando formas imposibles. Velas de todos los tamaños salpicaban el suelo encendidas, aportando a la sala un misterioso color anaranjado a pesar de que no todas lucían con llama roja. Alargadas barritas de incienso se consumían en rocambolescos quemadores de color oro y bronce.

Él estaba tumbado en medio de la estancia. Incorporado sobre su cadera observaba con miedo las figuras blancas que descendían planeando: las plumas que antes formaban sus alas. Estaba completamente desnudo, solo en un lugar que no le perdonaría jamás. Con el fornido cuerpo sin protección alguna. Con el cabello negro desordenado  y sin lustre. Con los ojos grises de titanio acuosos y temerosos.  Reconociendo con la mirada el lugar, dándose cuenta de lo aislado que lo habían dejado. En aquel sitio no existía el tiempo, la noche y el día no importaban y los relojes eran aparatos inútiles e inservibles.

¿Qué planes tenía para él el Gran Señor? ¿Qué castigo le impondría después de su arrogante rebelión? Era la primera vez que tenía miedo. Muchos dicen que los seres etéreos no pueden sentir, pero se equivocan rotundamente pues el corazón de Luzbel se moría de terror a cada latido.


De pronto una gran luz proveniente de ninguna parte inundó el lugar. Tan fuerte era que el fuego de las velas se apagó avergonzado ante su presencia. Una figura empezó a formarse entre la espesura blanca. Los contornos de unas alas inmensas se creaban a la vez que una túnica de impoluto blanco se dibujaba en el claro lienzo. Pronto el arcángel Miguel estaba descendiendo hacia la atormentada figura de Luzbel. Y así fue como habló:

-¡Tú, provocador de guerras! ¡Tú que te alzaste contra el Gran Señor en un alarde estúpido de egocentrismo! ¡Tú que gozabas de la protección del cielo y de nuestro señor Dios! ¡Tú que te creíste capaz de vencer al Creador! ¡Yo vengo a castigarte! –No movía los labios, la voz se proyectaba desde todas partes, ahogando la psique del ser que estaba frente a él. Torturando la mente del que se atrevió a retar a Dios- Ángel Luzbel, nombre que significa Luz Bella y que no te mereces llevar, yo, en representación de todos los ángeles que moran en el cielo y hablando con la mismísima voz del Todopoderoso, te destierro. Quedas relegado a las profundidades de la recién creada Tierra donde vivirás sin alas y sin posibilidad de retornar aquí de nuevo. Tu nombre será ahora Lucifer y maldigo a cualquier persona que se atreva a pronunciarlo. Las sombras serán tus dominios y serás consagrado a las artes más oscuras que habitan en el alma. –La luz blanca seguía envolviendo al arcángel lo que cegaba al antiguo Luzbel y le impedía ver al ser que lo estaba condenando. –Pero el Señor es compasivo con los que se desvían de su camino y por eso no te privará de tu don inmortal, seguirás disfrutando de la vida eterna. Además formarás parte de un plan Divino muy importante, tú eres el encargado de crear una raza nueva de ángeles que comienza con los que te siguieron en tu fracasada rebelión, que serán desterrados contigo. Gracias a ti la humanidad conocerá el Bien y el Mal, gracias a ti los hombres que Dios ha creado serán libres de decidir qué camino tomar. Él es consciente de que muchos te seguirán, pero así es como quiere que sea. Así que a pesar de todo te da las gracias Lucifer por haber conseguido que su plan se cumpla. Miles de nombres te acompañarán a lo largo de la historia y serás tan conocido y tan venerado como Él. ¡Ahora Lucifer, ángel traidor, es hora de que desaparezcas!.

La cortina de luz blanca se hizo tangible y avanzó amenazadora hacia el Demonio envolviéndolo por completo y produciéndole miles de cortes allí donde le tocaba.

Al cabo de unos segundos no quedó nada de él, había desaparecido y se encaminaba a cumplir con su misión.
El arcángel Miguel también se esfumó satisfecho, dejando la estancia vacía y con el recuerdo de algo grandioso entre sus piedras.

A Lucifer todo esto le parecía exquisitamente divertido. La pantomima creada en torno a su premeditado alzamiento.
 Él ya sabía el plan de Dios porque ambos lo habían hablado hacía milenios. Ambos sabían que los dos eran igual de poderosos y que por tanto no podrían coexistir en la misma realidad. Además la incipiente humanidad creada por el Todopoderoso debía de ser libre, tenía que tener la capacidad de elegir por si misma para así no convertirse en juguete de ninguna deidad y al mismo tiempo demostrar ante otros dioses el poder que el futuro Yahvé tenía al ser capaz de crear a unos seres con la suficiente fuerza en el alma para no doblegarse ante  nadie.
Todo había sido pulcramente tramado con la más perfecta exactitud. Ahora existían el Bien y el Mal y convivían en bélica armonía, por irónico que pueda parecer.
 Así es como debe ser y así es como seguirá durante miles de siglos para bien de los hombres.

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