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miércoles, 3 de abril de 2013

Cacofonías del mar Muerto.

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Las olas se arrastran por la arena, clamando al cielo no volver al mar. Los acantilados observan de cerca, alzando sus paredes cubiertas de sal hasta tapar el sol. Pequeños animales marinos, los crustáceos que consiguen vivir aquí, quedan varados en la orilla y mueren.

Ella se mueve entre el agua. Aparta el líquido trasparente con los brazos mientras sus pies luchan por avanzar y poco a poco van notando que se elevan. El pelo azul, tan oscuro que el negro pugna por colorearlo, se desborda por su espalda y continúa en el agua. Los ojos vidriosos y completamente verdes, sin distinción alguna entre iris, pupila o esclerótica, se fijan en el horizonte viendo más allá de todo. La piel, escamosa y resbaladiza, es como un manto níveo que cubre un interior vacío movido simplemente por la fuerza del espíritu. Las manos, de dedos largos y estilizados, se hunden en el fluido y lo obliga a retroceder, aunque luego vuelve a retomar su posición.

Miles de cuerpos flotan insensibles en el agua, unos boca abajo, otros boca arriba, algunos de costado, pero ninguno logra hundirse. Los ojos abiertos o cerrados, la cara con la misma expresión de terror. Un reto supone el identificarlos ya que nadie son y poco importan. El agua de este mar se introduce por las regiones de sus cuerpos que le dejan paso e inunda sus interiores estáticos mezclándose con sangre y vísceras.


Parece que ella consigue sumergirse en el agua, bucea y se desliza en su interior con los ojos abiertos, sin importarle aparentemente el daño que la sal pueda causarles. Sale a la superficie, rompiendo como una sirena la constante quietud del fino velo que diferencia el interior del exterior. Ahora junta sus manos y las convierte en un pequeño y delicado tazón con el que coge agua y se la lleva a la boca, da un largo sorbo y luego otro… No ocurre nada, lo que el organismo de cualquier persona normal no hubiera tolerado a ella parece que le sienta incluso bien. Pero recordemos que ella no tiene organismo que pueda matarla, ella esta vacía por dentro…

Los cadáveres siguen flotando, quién sabe quizá a ellos si les mató el agua. Sin darse cuenta un cuerpo roza el brazo de la mujer que nada, ella se gira lo ve y sonríe.

-Os dije que algún día pasaría y nadie me escuchó. Os hice miles de advertencias y nadie las oyó. Siento que esto haya tenido que acabar así, pero no diréis que no os lo advertí. Ahora ya no podréis seguir matándome.

 La Madre Naturaleza sigue nadando indiferente a todo y de pronto los cuerpos se duplican, ya no son miles, sino millones y cubren la totalidad del mar donde nos encontramos. La humanidad flota en el agua, sin rumbo, puesto que no lo necesita ya. El fluido que les dio la vida es ahora el que los acoge en la muerte. Una muerte conocida por todos y atraída lo más rápidamente posible.

 ¿Y quién es, finalmente, el ganador de esta guerra absurda?

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lunes, 1 de abril de 2013

La simplicidad de pintar un cuadro...

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Te observo, te admiro, resaltas en el acantilado, donde la silueta de tu cuerpo parece un faro, desafiando al mar, a las rocas, al viento, a que te derriben si es que pueden. Tu boca es como el clima, variable, nunca se sabe cuando curvarás las comisuras hacia arriba, resaltando el rubor de tus mejillas o cuando, enojada, tus labios se mantendrán firmes como si de un puente se tratara, sin embargo no puedo separar mi vista de ellos, de su perfección como si de panales de miel se tratase, de su mortal hermosura.
Tus ojos parecen haber sido pintados con humo, grises, como recuerdos que se conservan de un viejo sueño ya pasado. El cabello rojo, desordenado y llevado por el viento, parece el huracán que aporta ferocidad a tu inocente rostro. Ferocidad e inocencia, dos palabras contrarias, dos significados, dos épocas del año pintadas en un mismo cuadro.

Cuando coges aire para respirar, tu pecho se eleva al cielo como un ave que quiere volar, sobrepasar las fronteras de la realidad, y es entonces cuando mis palabras como notas musicales, se elevan al cielo implorando tu liberación, pero también deseando que el primer nombre que aparezca escrito en la hoja blanca que es tu corazón sea el mío.

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lunes, 25 de marzo de 2013

Las lecciones de Super Mario Bros.

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¿Alguna vez has pensado en la vida como una simple sucesión de hechos casuales, completamente aleatorios, y de los cuales nunca vas a tener el control? Yo sí ¿Y sabes qué? Todo es mejor así.

Ya no tienes un destino, un camino marcado, una meta a la que llegar, tienes una vida que no puedes controlar, regida por decisiones en apariencia insustanciales, que pueden tener una consecuencia enorme en un futuro no muy lejano. Son cruces de caminos, regalos, opciones que nos van apareciendo. Son como el humo que nunca podrás atrapar entre tus manos, son situaciones que escapan a tu control, no, no te sientas frustrado, siéntete humano, es lo que eres al fin y al cabo, no eres una máquina, no manejas tantos por ciento ni probabilidades, de hecho ni si quiera eres capaz de sacar la tostada en su dorado perfecto, siempre te pasarás o no llegarás. Eres humano, defectuoso, imperfecto y eso te hace único.

No almacenamos vidas como Super Mario, no nos hacemos más grandes si nos comemos una seta (a no ser que sea alucinógena), no perseguimos a nuestra princesa de castillo en castillo, o en todo caso, intentamos aprender de los errores para que no la secuestren treinta veces seguidas… y digo intentamos. Pero supongo que el perseguir sueños es lo que nos permite levantarnos de la cama cuando esta nos aprisiona con el sueño y las mullidas almohadas, quizás es eso lo que nos permite abrir los ojos y decir “Lucharé un día más”

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