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lunes, 4 de marzo de 2013

Y dime ¿A dónde van los protagonistas de los cuentos cuando se les olvida?

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La muñeca está rota, los botones de sus ojos parecen caerse de su rostro, deslizarse por él con los hilos rojos que la cosen simulando la sangre, sus comisuras se alzan hacia arriba en una sonrisa socarrona e incluso irónica, tétrica.

¿Y dónde está la muñeca?

El soldadito de plomo está apoyado en una de las esquinas, casi aplastado por un libro no muy gordo, pero lo suficiente para aprisionarle la única pierna que le queda. En su rostro y su mirada siempre parece reflejarse una tristeza o nostalgia por las sensaciones que le traen sus viejos recuerdos.

¿Y dónde está el soldadito?

Medio roto, rajado y partido, bocabajo en otro lugar de la caja un barquito con cáscara de nuez parece dormir y soñar con el golpeteo de las suaves olas contra su casco y el susurro del viento en sus velas de papel mientras trasporta su carga, unas gotitas de miel.

¿Y dónde está el barquito de cáscara de nuez?

La marioneta solo permanecía estática mirando el infinito, con la punta de su increíble y desproporcinadamente larga nariz rota. Los hilos de sus extremidades enredados entre sí quizás solo estaban reflejando sus tormentosos pensamientos.

¿Y dónde está la marioneta?

Ya apenas recordaban la última vez que le dieron la bienvenida a un nuevo miembro, que sonaron las voces y el eco de estas retumbando en las paredes, ahora solo el ruido de sus respiraciones ocupaba el ambiente. Desde la última vez que la caja fue abierta, la tierra se había ido filtrando lentamente como si de un reloj de arena se tratara contando el tiempo que llevaban allí y transformándose en la única unidad de medida.

Un extraño sonido empezó a llenar los oídos de los juguetes, parecía el zumbar de una abeja que poco a poco se incrementaba.

— ¡Arriba, arriba!— grita la marioneta— Nos van a sacar de aquí— la emoción se palpaba en su voz.

— ¡Cálmate niño! Nadie va a venir a buscarte, no eres necesario— en esta ocasión era la muñeca la que hablaba a través de su irregular boca— Todos hemos sido olvidados.

El osito de peluche se levantó y comenzó a llorar susurrando que quería que otras personas conocieran su historia, el cojo soldado no pudo menos que erguirse, dirigirle una fría mirada de reproche a la muñeca y caminar a la pata coja hasta el peluche en un vano intento por consolarle.

Un movimiento brusco hizo que todos cayeran al suelo o se golpearan con las paredes, parecía que el cofre en el que estaban se levantaba, flotaba y a los pocos segundos empezaban a entrar retazos de luz por donde antes solo entraba la arena.

— ¿Veis? Os lo dije— Reprochó la marioneta dando saltitos que lo único que provocaron fue liar más sus cuerdas, aunque no pareció importarle.

La tapa se abrió del todo y delante de ellos apareció el hombre que les había dejado allí tanto tiempo atrás, aunque en aquel entonces era mucho más joven, un adolescente que consideraba que su etapa para los cuentos de hadas ya había pasado y había decidido enterrar esos recuerdos en algún lugar de su mente. Pues ahí estaba otra vez, reparándolos con sus propias manos, utilizando su imaginación para dar forma de nuevo a las historias y eso fue todo lo que hizo, puso algo de él en ellos y se los transmitió a la persona que sabía que los iba a atesorar como él en un pasado lo hizo.

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domingo, 3 de marzo de 2013

Familia busca difunto.

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Es un día triste, a pesar de que no lo parezca.
 El señor Smith, el bueno del señor Smith, ha muerto. Nunca le hizo daño a nadie, pero aún así está muerto. Ayer resbaló en la ducha con tan mala fortuna de dar con la cabeza en la cerámica lo que provocó que su cuello se quebrase de una forma insólita causando la muerte en el acto. Bueno, al menos no sufrió demasiado.
Hoy es su funeral, se está celebrando en el jardín trasero de su casa. No hay mucha gente, solo familiares cercanos vestidos todos de negro y con la misma cara de tristeza, como si se hubieran prestado la expresión unos a otros. Hay camareros sirviendo sencillos entremeses y bebidas diversas, ninguna con alcohol claro. El féretro está situado justo en el centro del jardín, abierto para poder observar al difunto y rodeado con largos candelabros donde se consumen velas amarillas y coronas de flores que descansan a los pies del ataúd.
Lo más curioso no es que los asistentes al funeral, los pocos que hay, hagan caso omiso de los camareros o de lo que llevan en las bandejas, si no que todos están apelotonados en torno al señor Smith en completo silencio. Con las cabezas casi metidas dentro de la urna, como analizando el cuerpo para ver si detectan algún movimiento en el cadáver o se le ocurre decir alguna palabra que no haya podido pronunciar antes.
-Pero ¿Vosotros creéis que está muerto de verdad?- Pregunta, rompiendo el tenso silencio, la que fue suegra del difunto.
-¿Cómo no va a estar  muerto mamá? –La que habla es la viuda del pobre señor Smith, que deja escapar alguna que otra lágrima acompañada de ciertos sollozos. -¿No ves la cara de muerto que tiene?
-Hombre, si es por eso, muy muerto no parece.- El hermano de la viuda y ex­-cuñado del muerto es ahora el que se hace oír.- ¡Si tiene hasta rubor en las mejillas!
-Si, pero eso es el maquillaje que le han puesto los de la empresa esa de maquilla muertos. –Contesta su mujer, la del cuñado quede claro. –Tiene que estar muerto, porque sino ¿Qué hacemos aquí?
-¿Pero no oís como una leve respiración?- La suegra vuelve a hablar, dispuesta a destapar la mentira de su yerno. –No es muy fuerte, pero ahí está ese sonido.
Todos pegan la oreja al cadáver, y poco falta para que alguien se caiga dentro con él.
-Pues yo no oigo nada, yo creo que está muerto. Es que tiene que estarlo, porque sino este funeral no tiene sentido. Además era mi marido, ¿Quién mejor que yo para saber si está muerto o no?
-Pues yo que soy su madre.- Una nueva voz, que se había mantenido en silencio, se une al debate. –Y te digo que no está muerto. Mi hijo siempre fue muy de actuar y esas cosas y no sería la primera vez que hace algo así. 
De pronto, interrumpiendo la discusión, un señor aparece por la puerta trasera de la casa. Va ataviado con una camisa negra y un alzacuello, además porta una Biblia en la mano. Poco deja a la imaginación sobre su persona...
-Buenos días, sois la familia de Alfred Smith ¿Verdad? Cuanto lo siento, en serio…
-Un momento- Interrumpe la suegra cabezota- ¿La familia de quién ha dicho?
-Del señor Smith, Alfred Smith, este es su funeral ¿No?. Siento la tardanza, pero es que había un atasco tremendo y no…
-Es que aquí no conocemos a ningún Alfred Smith- La cara del hermano de la viuda, que es ahora el que habla, expresa tanto desconcierto como la situación le permite.
-Pero ese de ahí es el señor Smith- replica el cura señalando el féretro abierto- Lo sé porque era un feligrés nato y venia todos los domingos a misa, le conocía muy bien. ¿Ustedes quiénes son?
-Pues ahora que lo dice –La viuda ha dejado de llorar y sollozar y mira al frente con semblante pensativo- Yo creo que nunca me he casado…
-¡Anda claro!- Salta la madre y suegra.- Eso explica lo raro que se me hacía a mí tener yerno. Si ya decía yo…
-La verdad es que yo nunca he tenido un hijo. Solo una hija y tiene trece años….-Confiesa la supuesta madre del señor Alfred.
-Bueno, entonces nos vamos ¿No?- Dice el hermano de la presunta viuda. -¿Qué sentido tiene que estemos aquí si a este hombre no le conocemos de nada?
-Sí, sí. Pues tienes razón. Vámonos, porque aquí estamos perdiendo el tiempo.
Y puestos todos de acuerdo, y sin emitir ni una palabra más, salen del jardín trasero  de una casa que no es suya ni de su marido, ni de su hijo, ni de su yerno, ni de nadie al que conocieran, dejando al cura plantado en medio del jardín sin saber qué hacer ni para quién pronunciar el funeral.
-Yo no sé qué está ocurriendo últimamente. Ya es la tercera vez en esta semana que me pasa una cosa así. ¡Será posible! ¿Pero qué interés tienen ahora las familias porque se les muera algún miembro? Como si no tuviésemos suficientes desgracias ya. Y espérate, que todavía el muerto sale del ataúd y me da los buenos días, que no sería la primera vez que me pasa. No me pagan lo suficiente para soportar esto, y quién diga que la Fe de Dios lo recompensa todo que venga y me lo cuente.
Pobre señor Alfred, ahí tumbado en esa especie de caja de madera…¿Es posible que haya movido un dedo? Sí sí, casi imperceptiblemente…¿Pero este señor está muerto o qué? Bueno, dejémoslo estar, es un misterio que no nos compete a nosotros resolver…

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martes, 19 de febrero de 2013

Alma.

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-¿Me estás diciendo que no soy suficiente para ti? ¿Realmente crees que puedes llegar a conseguir algo ínfimamente mejor que yo?- Serena, con la voz clara y una sonrisa dibujada en sus carnosos labios pintados de rojo Alma observa divertida al hombre que está sentado enfrente de ella.
-No es eso señorita… es que lo que me está usted pidiendo es algo que se escapa de mi mano.- Gotas de sudor frío resbalan por el rostro del hombre. Los ojos marrones se mueven frenéticamente de un lado a otro, evitando mirar fijamente a la imponente mujer que tiene delante.
-¡Oh Martin, no me digas eso!- Alma se levanta de su silla y con un gesto de fingida consternación y con movimientos sensuales, casi interpretando la danza del vientre más provocativa, avanza hacia el nervioso individuo. Se sitúa detrás de él y lo rodea con los brazos- ¿Cómo es posible que un hombre como tú, tan fuerte, tan inteligente, tan apuesto, no pueda conseguirme unos simples papeles?- Los brazos de ella acarician el torso del hombre por encima de la camisa mal abrochada. Suben por sus pectorales y comienzan a dibujar complejas formas en su cuello, después el lóbulo de la oreja es atacado y Martin se estremece de placer. La otra mano acaricia, casi como si de un perro se tratase, el pelo castaño que ya empieza a escasear en ciertas zonas. Martin cierra los ojos y se entrega por completo a la mujer. Pero de pronto ella para. – Seguro que puedes hacer algo ¿Verdad?.
-No sé… esos papeles son confidenciales. Lo que me está pidiendo me puede costar mi puesto y seguramente una denuncia, o algo peor. No es que no quiera ayudarla, parece usted una señorita…encantadora, pero me es imposible, lo siento.
-Martin, puedes llamarme Alma, no es la primera vez que nos vemos.-Una sonrisa pícara se dibuja en sus labios, insinuando muchas cosas y a la vez ninguna.- Solo son datos, hojas de papel sin ningún valor. Además, nadie se enteraría, en menos de un día tendrías la carpeta de vuelta, y a mí no me volverías a ver, a no ser de que me lo pidieras claro.- Otra vez esa sonrisa asomando. Alma da la vuelta y se sitúa justo enfrente del hombre cuyo corazón late a mil por hora. –Y ambos sabemos que me lo pedirás.- Se sienta a horcajadas sobre sus piernas, mirándole fijamente con sus fríos ojos verdes. Acerca su cara a la de él y pasa la lengua por una de sus mejillas, dejando un rastro húmedo en su rostro. Con movimientos premeditados deja caer todo su pelo, una cascada de fuego intenso, por su hombro izquierdo mientras se dedica a recorrer el cuello del hombre con los labios.
Martin intenta pensar en otra cosa, pero es imposible mantener la mente ocupada cuando una diosa de escote sugerente y cuerpo torneado y sinuoso como modelado en barro, está dándote pequeños mordiscos en el cuello y moviendo las caderas lentamente, casi de manera imperceptible, sobre tu entrepierna.
-Señorita, Alma, siento tener que negarme de nuevo.- Su voz suena baja, interrumpida por algún gemido espontáneo.
-¡Oh! ¿Así que no hay ninguna posibilidad de obtener lo que necesito?- Sus movimientos paran de golpe y su rostro se muestra sorprendido e incluso, en el fondo de sus ojos, se puede ver la rabia de una ofensa.
-Lo siento, ya le he dicho que no puedo.
-No te preocupes, -Sus labios rojos se acercan a la oreja de Martin y en un susurro dicen: -Si tu no me lo das, tendré que cogerlo yo misma.- Y dicho esto y con una rapidez asombrosa Alma pone su mano sobre el pecho de Martin, en el lado izquierdo, justo a la altura del corazón. –Una mujer siempre tiene que hacer las cosas por si sola.- Presiona la mano un poco más y pronto va notando como las pulsaciones del hombre se van reduciendo, lentamente, mientras da inútiles bocanadas de aire. Así hasta que al transcurso de unos segundos los latidos de su corazón son un vano recuerdo, algo que existía y se extinguió.

Alma se levanta de encima del cuerpo sin vida y se pone de pie, su figura recortada contra la luz proveniente de una ventana lejana se va desdibujando lentamente. Las curvas desaparecen, el vestido ceñido rojo va perdiendo consistencia y cae ablusado sobre su cuerpo. La cara, de rasgos casi cincelados, va descomponiéndose lentamente, el pelo ígneo cae a mechones hasta dejar solo un cráneo con las cuencas de los ojos vacías. La piel y la carne se pudren dejando solo los huesos.
Ahora la imagen es grotesca, un esqueleto, de alguien que en algún momento fue hermosa, ataviado con un vestido de Versace que le queda enormemente grande y unos zapatos que ya no tienen pies para cubrir, se alza, como una cariátide, enfrente de un cadáver que va perdiendo el calor que caracteriza a la vida.
-Yo soy la Muerte- dice el esqueleto.- Y nadie me niega nada. Las vidas de los humanos me pertenecen y pienso segarlas como he venido haciendo hasta ahora. Pero hay una persona, un simple hombre, que se niega a acudir a mi llamada. Parece estar fuera de mi alcance y pienso averiguar por qué, con tu ayuda o sin ella- Le dice al cuerpo sin vida de Martin.- Pero alégrate querido, cuando lleve tu alma al otro mundo podrás decir que retozaste con la mismísima Muerte.
Dicho esto la propietaria de la famosa guadaña se adentra en los oscuros pasillos del registro civil donde espera encontrar el nombre y todos los datos de aquel hombre que se atrevió a desafiarla.

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